Cuadernos

Bellezas trastornadas: La ¿locura? femenina

Por  | 

R.W Fassbinder se quejaba en una entrevista que en la mayoría de películas de la Historia del Cine la mujer aparece como una mera comparsa del protagonista masculino. Suscribo su opinión, aunque ésta fuera tomada en una entrevista que le hicieron en los años 60.

Fue precisamente en esa época cuando las cosas empezaron a cambiar. Si Godard sentenció que cada mujer debía “Vivre sa vie” (1962), el resto denouvellevaguistas se dedicaron a retratar el cambio imperante en la mentalidad femenina de la época. El propio Fassbinder, a la espera, mostró como Hanna Schygulla pensaba y se debatía entre dos hombres en “El amor es más frío que la muerte” (1969).

Por desgracia, y salvo honrosas excepciones,  las heroínas del cine más reciente (hablo de Lara Crofts, Catwomans y demás) suelen ser personajes a los que el guionista les ha amputado el miembro viril, mujeres que intentan emular hazañas de hombre y se comportan como hombres, perdiendo así un elemento atractivo: su feminidad.

En cualquier caso, mi intención es proponer un itinerario a lo largo de varios films en los que la mujer es el eje capital y está envuelta en un mundo que le resulta, por diversos motivos, ajeno. Tienen un denominador común: la protagonista es una hermosa actriz que parece trastornada psíquicamente. Mi pregunta es, ¿lo está realmente?

La primera imagen que me viene a la mente es la de Monica Vitti deambulando por un espacio yermo, insalubre, desolado, donde las grandes chimeneas de las fábricas no paran de tirar humo y verter sus residuos en los ríos.

El desierto rojo”, 1964. Antonioni cambia de tercio con respecto a su anterior trilogía (“La aventura”, “La noche”, “El eclipse”) dónde nos mostraba siempre a una mujer moderna en un mundo en proceso de transformación, basado en los preceptos imperantes en la sociedad burguesa italiana. En “El desierto rojo” sucede a la inversa, el desfase se produce porque la protagonista es una mujer de corte más conservador en un mundo industrializado, una Rávena que se está convirtiendo en un desierto. Antonioni emplea un tipo de plano anómalo: lo que parece un subjetivo de la protagonista, se revela como falso cuando Vitti entra en escena. Esta técnica se repite a lo largo de la película, creando un efecto de extrañación, acercándonos a la neurosis de la protagonista. Otro punto interesante es un uso del color directamente basado en las teorías deKandinsky: rojos, verdes, morados chillones… revientan el ojo del espectador y nos acercan a su confusión vital.

Al año siguiente, Roman Polanski estrena “Repulsión” generando un pitote importante. Vale la pena hacer una revisión crítica de ésta película porque no deja títere con cabeza. Cada vez más, pienso que la virginal y reprimida Carol Ledoux (¿hay alguna película dóndeCatherine Denueve salga más hermosa?), no está tan zumbada como parece. Sólo hace falta fijarse en cómo está configurado el universo masculino que la rodea. El amante de su hermana, Helen, un ligón zafio de tres al cuarto. El ejecutivo pusilánime que intenta ligársela, sus procaces amigotes, el obsceno casero que intenta violarla, los obreros que la asedian con bordes piropos… Incluso el universo femenino le es ajeno, ese microcosmos del cotilleo que es el centro estético donde trabaja. Las viejas clientas reniegan de los hombres y las jóvenes esteticienes viven dependientes de ellos. Planea sobre ella la hipótesis de una violación, aunque jamás se explicita si sueña con esa situación o realmente es un flash-back. En este viaje turbador a la mente de Carol que se inicia con un plano fabuloso que sale de su ojo y termina volviendo a el al final de la película, Polanski hace un uso del sonido rallante con la intención de sumergirnos en la “realidad” de esta chica y crea una peligrosa empatía con el espectador: siempre estamos con Carol y disfrutamos perversamente cuando “se quita de encima” a esos hombres que la asedian.

Una mujer bajo la influencia” (1974). Es imposible no quedar prendado de la interpretación de Gena Rowlands, sobre todo en su inmenso catálogo de gestos y miradas, situaciones mágicas (el baile en el jardín) y de interacción con sus hijos. Secuencias que nos dan una pista sobre la hipotética enfermedad de la protagonista: que sea una persona más cercana al mundo de la infancia que al de los adultos. Como esposa abnegada, buena parte de su supuesta “locura” podría venir de tener que soportar al cazurro de su marido, estupendo Peter FalkJohn Cassavetes, cirujano de las relaciones matrimoniales, retrata una historia extrema y disecciona los comportamientos de esta pareja para demostrarnos que, en el fondo, se aman.

La propuesta más inquietante la encontramos en la reciente “La mujer rubia” (2008) de Lucrecia Martel. Con una estructura de guión atípica, casi de antinovela, sin elementos aparentes que hagan avanzar la trama, nunca se nos explicitan las causas del trastorno de la bella Verónica (María Onetto). ¿Será el perro que atropella al principio del film? ¿Serán los resultados de los análisis que ni siquiera recoge? Durante todo el metraje no vemos otra cosa que a una mujer madura que deambula como una advenediza en entornos que, supuestamente, le deben ser cercanos: su casa, la de su hermana, encuentros con su marido… Vamos descubriendo a una mujer que parece estar y no estar en su vida. Cumple a la perfección aquella frase filosófica que dice que un ser humano puede ser actor y espectador de su vida al mismo tiempo. Hay una secuencia fabulosa en la que Verónica llora, sin que sepamos identificar el sentido de su llanto  y busca el abrazo de un obrero desconocido.

Al igual que en “La ciénaga” (2001), Lucrecia Martel reflexiona sobre el ambiente familiar de clase media argentino, la soledad, y ese malestar que pesa sobre aquellos que lo tienen casi todo para ser felices y, en cambio, son incapaces de serlo.

Cosecha del 87. Valenciano. Hace cine mientras no está leyendo y, a veces, escribe. Le gusta reír y no tiene Facebook ni Twitter.

Tienes que registrarte para comentar Login