Cuadernos

Ensayo por la juventud (III)

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Capítulo 3: El más frío de todos los monstruos.

A la juventud de postguerra, el patriarcado le ha recordado permanentemente los duros años de la depresión y de la guerra. Pero cuando esta juventud salía a la calle se encontraba con un mundo de letreros de neón, submarinos nucleares y máquinas en las que cada cual elegía su canción preferida. Un mundo que anulaba la culpabilidad inculcada por el patriarcado y que sumergía en la recompensa; donde todos los deseos se hacían realidad, un mundo en el que sentirse un superhombre. No era suficiente con que existiesen los aviones retropropulsados o los coches que corren a cien por hora, lo que importaba era estar dentro para vivir la experiencia, la terrible experiencia del siglo XX. El hombre poseído por el demonio del rigor es el hombre que ha permitido que el Estado penetre en él. Contrariamente, lxs políticxs ya no permiten que el Estado penetre en su interior, sino que lo consideran un empleador. Ya no lo encarnan, y, si lo hacen, se tornan interesantes, pero también peligrosos porque la mayoría de lxs políticxs de hoy en día tiene con el Estado y la sociedad una relación de empleado-empleador. Un resabio de monarca, brutal. Porque -como avisó Nietzsche- le penetra el más frío de todos los monstruos, y desarrolla algo que la gente por lo común no tiene ni puede tener: el rigor del superhombre. El rey, el juez, el verdugo, el alguacil… son figuras en las que el Estado puede mostrar su costado más riguroso, son todos derivados de la función monárquica. Esa función está controlada por la inteligencia, basada en la fe, que piensa que siempre está cerca de la muerte; hombres que piensan el Estado desde la muerte. E incluso en casos de inhumanidad conserva su credibilidad.

En este sentido, Taos, el rey de Ifigenia, es una figura a tomar muy en serio porque no se la puede matar. Encarna en sí misma la voluntad del Estado y el propósito de continuar existiendo en la próxima generación, en la siguiente y también después. Por ello tiene que representar una encarnación de lo necesario, lo cual no penetra en las almas humanas normales. Hasta los poetas suelen evitarlo y se distancian de lo necesario. Incluso Virgilio, mentalmente tan afín al Imperio, exigía un margen de acción mayor que el del propio Augusto. U Ovidio, que era directamente un timador respecto del Estado, razón por la que Augusto declaró esa lengua mordaz un crimen de Estado y desterró a su mujer poeta al Mar Negro, donde se dedicaría a cantar su tristeza. Ósip Mandelshtam abrió una oposición unipersonal en pleno estalinismo que terminó en su muerte, y en los poemas de Tristia (1922) se inspiró en un Ovidio que añoraba volver a Roma, pero con la experiencia. Estuvo obligado a enviar noticias a Moscú, a un hombre que trató de encarnar este rigor, el rigor que viene del Estado, de la necesidad, de la Historia. Desarrolló para sí una mitología de la crueldad, de la incitación a la crueldad, que acabó por consumir toda su psique. Se trata de un submundo de la economía, una contra-economía que no se puede dejar de considerar y que ocasionalmente utiliza la economía de modo tangencial. Por ejemplo en el fascismo, incluso en el fascismo silencioso. Porque, si se deja de lado la economía, una parte del ser humano queda sin explicación. Y, por tanto, no todo entra en el mundo de la mercancía, sino que afuera queda algo que nunca llegó a la ciudad.

Se requiere de un hombre completamente adulterado para su cosmovisión y para explicar su sistema, para explicar (sólo parcialmente) al hombre, si se traduce la palabra adulto como codicia, aunque resulte extraño para los oídos. Codicia, adulteración y el placer de poder rendirse ante el propio impulso. En esta caracterización, el capitalista es un ser totalmente adulterado al que un demonio le dice: los otros creen que la codicia es mala; entre nosotros: la codicia es buena. Y esta es la idea que se ha popularizado porque el mensaje caló en el proletariado a través de la propaganda moderna. Es por ello que durante los últimos doscientos años se ha ido haciendo efectiva una moral demoníaca de la excepción que no deja de ser proclamada en la política, ya que si se llega a ser representante, a convertirse en Estado, entonces se debe aprender las excepciones de la moral general cristiana. No se trata de una supuesta autonomía de la política con respecto a la ética. No es que la política tenga sus propias leyes, sus propios principios, y que las acciones de lxs representantes no se puedan juzgar a partir de criterios ordinarios de moralidad, compasión, conocimiento e integridad. Los principios para juzgar las acciones de representas y los principios para juzgar las acciones de los seres humanos corrientes son los mismos. Se trata, pues, de que hay circunstancias excepcionales en las que el deber de lxs representantes es ser traicioneros, crueles e infieles. Pero, nada tiene que ver con el Übermensch de Nietzsche, dado que el superhombre, en realidad, se refiere a toda aquella gente que busca sus propios valores morales en un mundo complejo.

Aceleradamente, a partir de que se reflejase la sensación de poder absoluto provocada por la era de la conciencia expandida por los medios de comunicación, en la que se vive a contrarreloj, en la que se puede cruzar el mundo con aerolíneas y en la que hay abundancia de avances tecnológicos que permiten a la gente acelerarse, la juventud se ha convertido desde los años cincuenta en un gran grupo social con representaciones conceptualmente fuertes, costumbres, prácticas, lenguajes y valores diferenciados e importantes. Ajena y opuesta a la cultura de lxs adultxs, la de lxs jóvenes deviene cada vez más influyentemente, tanto en sociedades avanzadas como en aquellas cuya tecnificación e industrialización se encuentran transitando una situación intermedia. Luego los rasgos de la cultura de la juventud tienen su origen en el desarrollo mismo de la vida social. Uno de los rasgos es su rápida asimilación, por ejemplo, para romper el binarismo sexual y abrirse a la indiferencia de género, en lo que podríamos considerar como un mundo sin género. A priori, se trató de una cuestión de paridad por la que creció la vinculación de la mujer a la producción y a la educación, sobre todo en aquellas potencias cuya riqueza se basa en los salarios bajos y que por tanto lo son más de producción que de consumo. A posteriori, la indiferencia de género empieza actualmente a naturalizarse con la práctica en su incorporación a los distintos ámbitos sociales y culturales. Si en la desaparecida Unión Soviética la mujer adquirió una posición preponderante y estadísticamente cierta ventaja con respecto al varón en cuanto a ingresos, estudios y participaciones culturales, llenando teatros y salones de conciertos mientras que los varones continuaban llenando los estadios de fútbol, las sociedades sin género de hoy en día también están presentes allí donde artística e intelectualmente el mundo se mueve en lugar de permanecer estancado.

Es curioso que los sociólogos soviéticos ya observasen durante los años sesenta que en el metro de Moscú las mujeres leían principalmente novelas y ensayos, mientras que los varones leían las páginas deportivas. Esta situación llegó a preocupar a la Dirección Soviética porque el número de divorcios se elevó extraordinariamente, demandado por la mujer en la mayoría de los casos bajo el pretexto de que los maridos se estaban volviendo terriblemente aburridos. Actualmente, sin embargo, lo curioso no es ya el número de divorcios sino el de parejas que prescinden del matrimonio y, sobre todo, de la descendencia, ante el temor de tener que educarla, porque, como es bien sabido, por mucho que la educación, es decir, la puesta de objetivos que el educando debe lograr perjudique el propio desarrollo, negarse a educar a las nuevas generaciones sería admitir que toda nuestra educación fue en vano, y esa es una fase por la que resulta muy difícil pasar. Sin embargo, en la medida que las nuevas líneas de pensamiento encuentran terreno, la diversidad cognitiva existe igualitariamente y se extiende según el pluriverso de subjetividades consigue anhelarla. Gracias al postvirtualismo, al movimiento virtual devenido real, la transmisión de unas culturas a otras por la ampliación de las comunicaciones ha generado cierto fenómeno del contagio. No obstante, si bien gusto en pensar que el componente ambiental sería más influyente en la constitución y desarrollo del hombre, cabe recordar la crítica al difusionismo dada, por ejemplo, por Ludwig von Bertalanffy en su Teoría general de sistemas de 1968, en la que dice: «Por mi parte, soy incapaz de ver, por ejemplo, cómo las actividades culturales y creadoras de toda índole pueden considerarse «respuestas a estímulos», «satisfacción de necesidades biológicas», «restablecimiento de la homeostasia». Y así por el estilo. El hombre no es un receptor pasivo de estímulos que le llegan del mundo externo, sino que, en un sentido muy concreto, crea su universo.» Lo que vendría a postular esta crítica al difusionismo sería que el simple efecto del contagio del entorno no es siempre suficientemente explicativo, sino que, por el contrario, sería necesario analizar por qué no se contagia todo, buscando la explicación en el hecho de que el sujeto o individuo es estructural en el proceso de asimilación de un cierto rasgo, ya que sólo toma algo cuando en su propia vida le resulta expresivo o desempeña una función.

Cineasta con siete largometrajes, casi una veintena de cortos e incontables participaciones en proyectos ajenos o/y colectivos a mis espaldas. Pintor que gusta en darse baños de color. Y escritor que preferiría ser ágrafo. Estoy preparándome para huir al margen del Estado, fuera del sistema. Me explico en "Dulce Leviatán": https://vimeo.com/user38204696/videos

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