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Ainara LeGardon: «Prefiero seguir siendo una mujer analógica»

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Casi tres años han pasado desde la última entrega discográfica de Ainara LeGardon, aquel contundente We Once Wished de 2011. Pero nadie puede acusar de perezosa a la bilbaína. Sigue presentando su cancionero allá donde la reclamen, se involucra en proyectos paralelos de toda clase y condición (siempre desde la incorruptibilidad y la eterna inquietud que la caracterizan), y anda empeñada en contarle al mundo, mediante sus talleres de autogestión, que una carrera artística al margen de la vieja y oxidada industria del disco es posible. ¿Comer caliente tres veces al día siendo un cantautor en España? No es ciencia-ficción. Lean, lean… 

Le gusta “todo sequito y áspero”, y su música así lo constata. Pero, ¿se describiría de esa forma también en lo personal?

Yo diría que en lo personal soy más bien suave, aunque firme. 

Lleva montándoselo por su cuenta, a través de Winslow Lab, desde hace más de diez años. ¿Se vio venir la debacle de la ‘industria’?

En mi caso la decisión de tomar el camino de la autoproducción ha sido más bien ética. No ha tenido relación con prever o no la debacle de la industria musical. Los grupos que hace varias décadas optaron por el “hazlo tú mismo” no creo que se imaginaran un panorama como el actual, y aun así tomaron este camino, basando su manera de hacer las cosas en el respeto a uno mismo. Entiendo que de esa índole deberían ser las razones por las que se inicie cualquier proceso de autogestión. Y espero que se vaya descartando la idea de que estar en un sello discográfico (independientemente de las condiciones contractuales) es mejor que no estarlo, o que la autoedición es el último recurso que le queda a un artista “tal y como está el panorama”. 

Servidor tiene la sensación de que si Ainara LeGardon fuese londinense o australiana coparía todas las portadas de la prensa especializada patria. ¿Imposible ser profeta en esta tierra?

Me siento muy querida y respetada, y eso no tiene que ver con lo que la prensa decida destacar en un momento dado. Además, hay que tener en cuenta que ese tipo de apoyos suele ser pasajero. No me preocupa acaparar portadas, ni mucho menos tengo intención de ser profeta en ninguna tierra. 

¿Cómo se lleva con la etiqueta de cantautor/a? ¿Por qué será que al escuchar esa palabra casi nunca pensamos en rock, ni en nada “seco y áspero”?

Me llevo con esa etiqueta como con cualquier otra: las acepto, pero no dejo que me conviertan en nada. El problema no está en las etiquetas, sino en nosotros, nuestros prejuicios y lo mucho que permitimos que nos influyan. 

La eterna disyuntiva: cantar en castellano (o en vasco) versus cantar en inglés. Hay quien opina que quienes eligen el inglés o bien tratan de ocultar carencias líricas o bien tratan de ocultar su verdadero yo, sin más. Asumo que discrepa…

Para empezar, no considero negativo el deseo de ocultar el “verdadero yo” al público. Dejando claro que no es mi caso, lo percibo como una postura artística totalmente válida. Volviendo al hecho de respetarse y ser fiel a uno mismo, lo importante es sentirse cómodo con cada opción que se tome, aceptando las carencias, si las hay. 

Pero usted no es de las que escriben banalidades, usted se deja la piel y lo que haga falta en las canciones. Dígame, esos sentimientos, esas reflexiones que vierte en sus textos, ¿no los ‘piensa’ en castellano? ¿No sería más certera plasmándolos en su lengua materna?

Cuando los textos están enfocados a ser cantados, surgen ya en inglés. Aunque, efectivamente, “pienso” y utilizo el castellano para comunicar de otra manera mis vivencias. Algunos de esos escritos han visto la luz en fanzines o publicaciones minoritarias, pero otros ni siquiera han salido de mis cuadernos de notas (tal y como les ha ocurrido a muchas de mis canciones). Respondiendo a su última pregunta, creo que la certeza en la música no tiene que ver con las palabras, y mucho menos con el idioma. Afortunadamente puedo afirmar que en mis canciones soy todo lo certera que quiero ser. 

En uno de sus múltiples proyectos, La Criatura, afirma que “hace falta música disidente”. ¿De qué tipo de disidencia estamos hablando?

Esas son palabras extraídas del manifiesto de La Criatura, un grupo de música experimental al que pertenezco. Nos pareció buena idea dar la bienvenida en nuestra web con un texto así, en vez de con una biografía o presentación al uso. Creo que si se lee el manifiesto completo, se entiende perfectamente a qué nos estamos refiriendo: se trata de una postura ante la dejadez y el conformismo. Hace falta una música disidente. La música ha sido mercantilizada, envasada, y desinfectada. Ahora, más que una simple mercancía, se ha convertido en un “consumible”, un elemento que se gasta, con una fecha de caducidad cada vez más corta. Nuestro objetivo es crear una experiencia única e irrepetible que pretende revitalizar el cerebro antes de que se convierta en un órgano vestigial. 

Siguiendo con lo anterior, con la disidencia, en principio usted no toca temas sociales o políticos en sus canciones. Y si alguien como usted, con una personalidad tan rotunda, unas ideas tan claras, no toca esos temas, ¿quién lo hará? Hablamos de música disidente, ¿dónde está la música anti-sistema?

Claro que lo hago, pero no a través de las letras de mis canciones. Para mí los hechos son más importantes que las palabras. Tomo posiciones con una forma muy concreta y firme de hacer las cosas y de luchar por dignificar nuestro trabajo. Lo anti-sistema no debe ser la propia música, sino todo lo demás que la rodea, nosotros mismos. ¿Qué le parece más anti-sistema, Ainara LeGardon o esos grupos cuyas letras dicen frases como “La arrogancia que otorga el poder os la vais a comer” y seguidamente firman con una multinacional, con todo lo que ello implica? ¿No es ésa una grave incongruencia que desacredita cualquier mensaje social o político en las letras? 

Tiene usted más razón que una santa.  Por cierto, ¿sabía que una entrada para un partido de fútbol está gravada con un 10% de IVA frente al 21% de teatros o cines? ¿Y que por una revista porno se paga un 6% del mismo impuesto? ¿Esto retrata a nuestro gobierno o nos retrata a nosotros como nación?

Lo sé, yo también soy una ávida consumidora de productos culturales y me irrita pensar que la música y las artes escénicas no sean consideradas como tales. Por lo menos en los libros seguimos pagando un 4%. El dato del IVA de una revista porno lo desconocía. En algunos casos puede considerarse un bien de primera necesidad, será por eso… (Risas) 

En los 90s dedicarse profesionalmente a la música era un bonito sueño, ahora es una quimera. ¿Cómo motiva a sus alumnos en esos talleres de autogestión?

En mi caso justamente ha sucedido lo contrario: en los 90 era una quimera y hoy es un bonito sueño hecho realidad. En los talleres no hablo de fábulas ni utopías, sino de realidades. Supongo que la mayor de las motivaciones para los alumnos es comprobar, a través de mi experiencia, que vivir y comer (que no es lo mismo) de lo que nos apasiona, manteniendo el control sobre nuestra música y nuestras decisiones, actuando con coherencia, es totalmente posible. Requiere gran cantidad de trabajo y constancia, y a menudo también mucha valentía y toma de riesgos, algo que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Ése es precisamente el mayor escollo: nuestras propias limitaciones y miedos. Lo bueno es que son fáciles de salvar con la dosis adecuada de confianza en uno mismo. 

No sé si en sus cursos y talleres se habla del ‘mundo 2.0’. Usted no tiene Twitter. ¿No le gusta el patio de vecinos global?

Precisamente una de las normas en esta era digital es la de no descuidar tus blogs, webs y perfiles en redes sociales. Así que si no tienes la capacidad ni el tiempo de atender y actualizar todos ellos, mejor ni lo intentes. Eso sí, registra tus cuentas en las diferentes redes sociales para tener el control sobre ellas, aunque no las uses (ese es mi caso con Twitter). De todas maneras, entre usted y yo, prefiero seguir siendo una mujer analógica. 

¿Creía que se iba a librar de la pregunta ‘pj harvey’? ¡Creía mal! Dígame, cuando a una la comparan tanto con un artista en concreto, ¿termina por odiarlo? O quizá a quienes termine por odiar sea a los pesados de los periodistas…

PJ Harvey no tiene la culpa. Me sigue encantando su música y su forma de asumir riesgos con cada trabajo. Que me comparen con ella me provoca un cierto aburrimiento, pero no deja de ser un gran halago. Es vuestra labor como periodistas ofrecer a los lectores una referencia a la que agarrarse cuando se está describiendo a un artista desconocido. Entiendo que PJ Harvey sea una autora reconocida utilizada como referencia para que el gran  público (por ejemplo, los lectores de medios generalistas) se haga una idea de que soy una mujer con una guitarra y poca vergüenza. Lo que no entiendo es cuando, en medios supuestamente especializados, cuyos lectores van más allá y tienen un buen criterio y conocimientos, se siga tirando de esa etiqueta sin ahondar en otros detalles para establecer referencias. Eso me parece que es, en cierto modo, insultar y subestimar al público. 

Terminemos con algo que creo que le gusta más que Polly Jean, ¡las Campurrianas! En mi opinión, ya no son lo que eran. Las campurrianas, los donuts, las galletas Príncipe… todo pierde su sabor original. ¿Bonita (y triste) metáfora de este nuestro mundo?

Desde luego, estoy de acuerdo. Y añado que, sobre todas las delicias modernas que ha mencionado, me quedo con el pastel de arroz de mi pueblo sin dudarlo ni un segundo.

*Entra en ainaralegardon.wordpress.com para estar al tanto de la actualidad de Ainara, sus proyectos y sus talleres de autogestión musical. El próximo, el 18 de enero en Valencia.

Traductor, periodista a regañadientes, copywriter. Quizás nos encontremos en Esquire, Vice, JotDown o en Miradas de Cine. Como me sobra el tiempo, edito Factory.

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