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Joanna Moncrieff vs. las píldoras de la felicidad

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Quizá la Dra. Joanna Moncrieff no se sienta demasiado cómoda con la etiqueta de psiquiatra anti-psiquiatra, pero lo cierto es que la suya es una de las voces más críticas con el statu quo impuesto por el triángulo equilátero que conforman sus colegas, la Big Pharma y las autoridades sanitarias. Se propone destruirlo o, como mínimo, darnos la información necesaria para que nosotros, eso que llaman sociedad, actuemos de verdugos.

¿Estás deprimido? ¿Melancólico? ¿Te atenaza la anhedonia? Si es así, probablemente tengas en la mesilla de noche una caja de Prozac, o de Vandral, quizás de Lexapro o de Zoloft. El psiquiatra te garantiza que tomando una de esas pastillas cada 24 horas volverás a disfrutar de los partidos del Madrid y que en los días de lluvia serás capaz de salir de la cama. Ya casi entreves algo parecido a la felicidad que en otro tiempo sentiste. Sin embargo, puede que sea el momento de borrar ese conato de sonrisa de tu cara; según Moncrieff, una eminencia en psicofarmacología y figura destacada de la Critical Psychiatry Network, no estás tomando más que placebos con algunos efectos secundarios bien conocidos y otros impredecibles. Y sin embargo, ¿por qué mi médico me recetaría algo así?

La Dra. Moncrieff estará en Madrid el próximo 6 de julio como invitada de las I Jornadas Internacionales de NuevaPsiquiatría, y dará cumplida cuenta de todas estas cuestiones. Le pedimos, no obstante, un pequeño aperitivo de la conferencia que traerá bajo el brazo.

Alrededor de un 15% de la población occidental adulta toma o ha tomado antidepresivos. ¿En cuántos casos diría que la prescripción de ese tipo de fármacos es vital? Una cuestión de vida y muerte, si quiere…

La evidencia muestra que los antidepresivos no son útiles para nadie. Al menos no son más útiles que un placebo. No importa lo severo que sea el cuadro depresivo. Esto lo ha confirmado un reciente meta-análisis (Furukawa et al., 2018) que pone de relieve que las pequeñísimas diferencias entre antidepresivos y placebos no tienen relación con la gravedad de los síntomas depresivos originales. De hecho, si sufres una depresión muy severa –melancolía, como se le llama a veces- hay un consenso amplio desde hace mucho tiempo respecto a la inefectividad de los antidepresivos.

¿Y cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Quién es responsable de lo que, según sus postulados, parece un engaño a escala mundial?

Es una combinación de varios factores. Las grandes farmacéuticas, desde luego, han tenido su influencia, sobre todo lanzando el mensaje de que la depresión no es más que un desequilibrio químico. Esto implica que los antidepresivos son necesarios para normalizar un defecto en el cerebro. Desde este punto de vista, si no te tomas las pastillas eres un irresponsable y estás poniendo en riesgo tu salud. Pero también hay que responsabilizar a los psiquiatras. Podrían haber hecho público que este mensaje de las farmacéuticas no estaba basado en evidencia alguna, y no lo hicieron. Han consentido esta situación y la prescripción masiva de antidepresivos, quizá porque les otorga algo de autoridad en tiempos en que crece la competencia entre psiquiatras y terapeutas. También hay que señalar a los gobiernos y a las autoridades sanitarias, que han sido cómplices de la situación, porque medicalizar la miseria les permite ignorar las vicisitudes y la incertidumbre de la vida moderna. Y la gente, en general, también es responsable. La gente siempre ha buscado soluciones rápidas y fáciles a problemas complejos. Desde siempre, mucha gente ha tenido una clara inclinación a utilizar las sustancias químicas –alcohol, opio, barbitúricos- para cambiar o eliminar sentimientos negativos.

Pero entienda que resulte difícil creer que miles de psiquiatras alrededor del mundo, profesionales con un código deontológico, muchos de ellos médicos vocacionales, prescriban drogas en las que no creen ni confían.

La mayoría de los psiquiatras creen lo que les dicen los investigadores y la gente que diseña manuales, en los que se cuenta que los antidepresivos son razonablemente efectivos en gente con depresiones moderaras o severas. Ni los mismos psiquiatras tienen un buen conocimiento de los fármacos que prescriben. O al menos no quieren entender del todo cómo funcionan o qué hacen. No quieren ser conscientes de que están recetando sustancias químicas que alteran el estado mental del paciente y cuyas propiedades no han sido ni de lejos estudiadas en profundidad. Por eso quieren creer que están recetando sustancias que actúan sobre desequilibrios concretos. Esto también les ayuda a creer que son médicos de verdad tratando enfermedades de verdad.

¿Sabemos realmente qué hace un antidepresivo? ¿Cómo funciona?

No, no lo sabemos. Nos ofuscamos con los efectos que los antidepresivos tienen sobre neurotransmisores como la serotonina, la noradrenalina o la dopamina, y no nos fijamos en otros posibles efectos. Y no sólo eso, es que no conocemos las verdaderas funciones de ninguno de esos neurotransmisores, así que tampoco sabemos lo que en realidad hace la serotonina ni lo que supone interferir con ella. Desconocemos las causas de los problemas mentales –si es que tiene sentido hablar de ellos como de algo que ha sido “causado”, lo cual es discutible- ni los cambios cerebrales asociados a ellos. Deberíamos empezar por identificar los tipos de alteraciones que los diferentes fármacos producen en la conducta de los animales y de los humanos y en sus funciones mentales. Probablemente nunca entendamos del todo la base química de esos procesos, pero como mínimo deberíamos ser claros respecto al tipo de alteraciones que producen las diferentes sustancias químicas.

¿De qué alternaciones estamos hablando?

Las alteraciones varían dependiendo del tipo de fármaco. Las benzodiacepinas provocan una alteración parecida a la de la intoxicación por alcohol; una relajación física y mental, desinhibición, somnolencia… Y los antidepresivos abarcan todo un espectro de diferentes sustancias químicas que a su vez provocan infinidad de alteraciones. Algunos tienen efectos sedantes –como la mirtazapina (Deprax) o los viejos antidepresivos tricíclicos-, otros alteran las emociones o producen disfunción sexual, y en muchos casos esta persiste tras la retirada del fármaco. Las evidencias sugieren que esos efectos sexuales están conectados a los efectos emocionales, por lo que puede que causen también alteraciones emocionales que acompañen al paciente durante mucho tiempo. Tampoco conviene olvidar que nuestro cuerpo siempre va a intentar contrarrestar los efectos de esos fármacos, así que pueden cambiar con el tiempo. Por la misma razón, si los has estado tomando y dejas de hacerlo sufrirás los efectos de la abstinencia.

¿Cree que se informa como se debiera de todo esto a los pacientes?

La información que se tiene (y que se ofrece) sobre las consecuencias a largo plazo de los tratamientos es insuficiente e inadecuada. Trabajar en nuestros problemas sin necesidad de echar mano de fármacos puede que tenga efectos más duraderos. Los pacientes tienen que conocer algunas cuestiones clave que en general no conocen, ni se les informa de ello. Tienen que saber que ningún fármaco prescrito para problemas de salud mental corrige o tiene como diana un desequilibrio químico o cualquier otra disfunción. No tenemos ni idea de qué procesos cerebrales causan o están asociados con la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia, el Trastorno de Déficit de Atención o cualquer otro. Tienen que conocer las alteraciones que esos fármacos producen en animales, y en personas sin un diagnóstico psiquiátrico. Y entonces hay que decidir si esas alteraciones van a serte útiles con tu problema.

¿Cuáles son las consecuencias para nuestra salud mental, o para nuestra salud en general, de habituarnos a este tipo de drogas?

Creo que las consecuencias más importantes son de tipo social y psicológico. En tanto en cuanto la gente se “entrega” a la medicación, se ven a sí mismos como dependientes de los médicos y los profesionales, y eso hace que no tomen las riendas de sus vidas y que no desarrollen recursos para gestionar las emociones negativas. Para alguna gente esto deriva en una dependencia crónica de los servicios de salud mental. A nivel social la consecuencia más grave es que no estamos analizando las razones por las que la gente se siente miserable, por qué tanta infelicidad. Y hoy por hoy no existe ninguna investigación sobre los cambios físicos o conductuales que puede provocar un tratamiento a largo plazo con antidepresivos. Es un área que necesita más investigación. Con urgencia. Porque tiene implicaciones muy profundas y muy graves. Sabemos, por ejemplo, a partir de estudios llevados a cabo en animales, que hay cambios en el comportamiento de las crias a cuyas madres se les han suministrado Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS). Son sexualmente menos activas y menos inclinadas a la exploración. Es decir, ciertas alteraciones producidas por los antidepresivos podrían transmitirse a la siguiente generación. A nuestros hijos.

¿Qué puede hacer uno para acudir más “preparado”, o más prevenido, a la consulta de un psiquiatra?

En parte ya lo he insinuado. Que primero investiguen, que apunten las cuestiones que quieren discutir con el psiquiatra. Y hay que tratar de evitar, si se puede, tratamientos demasiado largos, aunque es cierto que en algunas circunstancias, como los trastornos de tipo psicótico que persisten en el tiempo y no tienen buen pronóstico, esos tratamientos a largo plazo pueden ser la mejor opción. Sobre todo, hay que desarrollar estrategias y recursos para gestionar los problemas, tanto si se toma medicación como si no.

(Imágenes: cortesía de Joanna Moncrieff). 

Traductor, periodista a regañadientes, copywriter. Quizás nos encontremos en Esquire, Vice, JotDown o en Miradas de Cine. Como me sobra el tiempo, edito Factory.

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