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Josele Santiago: «Últimamente me dedico a fisgonear desde el punto de vista del mirón»

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Su segundo disco en solitario, Garabatos (Virgin, 2006), ratifica a Josele Santiago como uno de los grandes valores de la canción popular hispana. Lejos de arquetipos, servidumbres y con un universo lírico marca de la casa, el veterano cantante, guitarrista y compositor de Los Enemigos sigue su rumbo en dirección contraria. Con una banda de la que cada vez extrae más jugo, continúa la línea de expansión de su debut, Las golondrinas etcétera, hacia territorios poco frecuentados por músicos de su pedigrí.

¿Qué fue del Maestro Pocero? Con lo que está cayendo, ¿mejor que le llamen a uno Josele?

No sé qué es lo de Malaya, pero desconozco por qué coño trascendió tanto lo de Maestro Pocero. Todavía están hablando de ello. Hice un bolo con ese nombre nada más separarnos Los Enemigos para probar las canciones nuevas. Pero ya te digo, un bolo.

En su caso, ¿es correcto decir que la experiencia es un grado?

Me veo muy bien, con un camino definido. En la época de aquello del Maestro Pocero estaba perdido. Lo que buscaba eran espacios donde las canciones respirasen, libertad de acción y salud mental. El primer disco quedó más o menos como yo quería. Por ahí quiero seguir. Quiero que el discurso se entienda sin berrear, cosa que no pasaba con Enemigos. Berreando y berreando, un cantante no se puede permitir según qué sutilezas.

¿Desdibujaría el norte estar en ‘superventas’?, ¿es más temible que, metiendo la mano en los bolsillos izquierdo y derecho, las cuentas no salgan?

Por mí, me quedo como estoy. Pero no se puede hacer nada contra lo que venga. No me hace gracia no vender ni vender tanto. Como estoy, una miaja más no estaría mal (risas).

Hablando de bosquejos, en su anterior disco había pinceles y ahora garabatea. ¿Tanta pictórica es consciente o inconsciente?

El avioncito de la portada lo he dibujado yo (risas). Hay tradición familiar: mi abuelo y mi padre eran pintores, además, un primo y dos primas. Igual viene de ahí, nunca me había parado a pensarlo. Siempre ha habido en casa un montón de cuadros.

Reconoció que «tocar con Los Enemigos era un coñazo» . ¿Por fin vuela en libertad?

Era un coñazo al final. Al principio era una maravilla. Libre, libre no es nadie, pero al menos no tengo que justificar ningún movimiento ni que hacer asambleas. Cuando discuto con los músicos, discutimos de música, lo cual es un placer. ¡A mí me encanta discutir de música! Pero no de temas extras, como tener derecho a tal o a cual. Las personas con las que estoy trabajando tienen muy claro lo que son: músicos.

Y así, ¿sale ganando la canción?

Intento hacer canciones. Me da igual cómo las llamen luego. No me dedico a hacer ejercicios de estilo. Procuro darles lo que van pidiendo y tener la antena puesta para ello. La etiqueta me la sopla.

La abundancia de instrumentos ensancha su sonido, aunque destaca el papel del guitarrista Pablo Novoa. ¿Se ha convertido en su bastón?

Es mi asistente social (risas). Llevamos trabajando juntos desde los últimos discos de Enemigos y, como dúo -que eso une mucho-, desde hace tres años. Hemos conseguido un entendimiento cojonudo. Tenemos unos gustos sorprendentemente afines y es un gran guitarrista. Y muy majo. Así da gusto.

Conozco a más de uno que se levanta cada mañana con un tema suyo esperando escuchar una historia. ¿Le gusta el rol de cuentista?

Es en lo que estoy. En la etapa de Enemigos estaba acostumbrado a escribir para adentro, de manera introspectiva. Últimamente me dedico a fisgonear desde el punto de vista del mirón. Cuento peliculillas que ocurren por ahí. En este disco casi todo son historias: hay un señor al que echan de casa, otro que está pescando y al final se va con los peces. Son movidas que pasan afuera. Me gusta que me cuenten historias y me encanta contarlas también.

Dice el estribillo más famoso del álbum que «pensando no se llega a ná». Eléctricos o no, ¿es usted un hombre de impulsos?

Lo que no se puede hacer es tomar una decisión y actuar a partir de ella, sino al revés. Las decisiones hay que tomarlas según vengan las cosas. Si no, lo llevas claro. Dogmatismo lo llaman. Nunca funciona.

Versiona temas alejados de los cánones del rock. Hace dos años grabó una ranchera de Chavela Vargas y ahora da las ‘buenas noches’ en italiano con Francesco de Gregori.

Llegué por casualidad, como todo en esta vida. Estaba en casa de una amiga cuando de repente sonó Francesco de Gregori. Me quedé prendado. Saqué los acordes y al final funcionó. Tocar versiones de vez en cuando da energía y oxigena una grabación. Procuro llevar preparadas a todas las grabaciones dos o tres.

Aunque en verano se enchufó con Los Enemigos. ¿Una reunión incomprendida?

Tenía muchísimas ganas. Lo que pasa es que éramos Los Enemigos del 86: Artemio, Fino y yo tocando sólo Ferpectamente y las versiones que hacíamos entonces de Chuck Berry, Budy Holly… Es decir, rock n’ roll con la sana intención de pasarlo bien y punto. Lo que no me apetece un carajo es juntar a la otra formación de Enemigos. Se oscureció el discurso, se profesionalizó el sonido y, por otro lado, fue algo que vio toda España hace menos de cinco años. La reunión dio lugar a controversias, aunque nosotros hicimos todo lo posible por dejarlo claro.

¿Cómo se sintió en esa vuelta al músico diletante?

Recuperé la amistad con Artemio, que tenía absolutamente perdida. Sólo por eso mereció la pena. Aquellos Enemigos duraron hasta el 88, así que no nos dio tiempo a hartarnos. Era algo alejado de lo profesional. Hay un trecho entre tres amigos que se juntan para hacer música por gusto y cuatro tíos que deciden vivir de esto sin conocerse de nada. Además, Artemio y yo compartimos gustos musicales. Los cuatro de la formación posterior al 90 no teníamos nada que ver. Sí, algún punto en común, pero bastante surrealista y abstracto.

Periodista granadino. Trabaja para Vocento y Efe Eme.

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