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Pedro Jara Vera: «Ciertos logros humanos sólo tienen valor para el escaparate del ego.»

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¿Pensamos demasiado? Tal vez sí. Nos resulta muy difícil detener la máquina. Y a menudo quisiéramos detener ese pulso sin descanso; dejar de pensar. Pero persiguiendo la estela de la escrupulosidad conceptual a la que, también sin descanso, apela el psicólogo y poeta murciano Pedro Jara Vera se impone reformular la pregunta anterior. ¿Pensamos de una manera práctica y efectiva? ¿Utilizamos el pensamiento como herramienta y no como producto de desecho de una factoría impenitente de deseos, frustraciones, conflictos? Ese es el verdadero meollo del asunto. Esa es la premisa de Adicción al pensamiento (Regenera, 2016), obra de 2011 que el año pasado vio la luz en su versión “Ampliada y revisada”. A través de testimonios, ejercicios, parábolas e incluso versos de cosecha propia Jara desmonta mitos y mentiras aprendidas para entregar una suerte de manual del buen pensador.

Propone Jara un proceso de desintoxicación de todos esos condicionamientos mentales que en general y salvo que nosotros mismos lo remediemos nos van a acompañar desde la guardería hasta el tanatorio. Y conviene subrayar ese “nosotros mismos”. Ni Jara es un mesías moderno disfrazado del coach más listo de la clase ni su libro puede, por definición, emparejarse con todos esos manuales de plácido y complaciente autoengaño que abarrotan las librerías. De nuevo chocamos con los errores de concepto. Si Adicción al pensamiento resulta ser una anomalía en su género sólo se explica por la mala praxis de aquellos que ofrecen placebos impresos en vez de verdadera autoayuda.

Como se pone de manifiesto a lo largo de la entrevista, el rigor es capital para este psicoterapeuta con aspecto de carrilero zurdo. Le gusta puntualizar, matizar. Se explaya si es necesario, se inhibe cuando toca. Lo suyo es un ejercicio constante y denodado por la pedagogía, y en ese campo de juego no da tregua.

¿Somos adictos al pensamiento? Echando un vistazo a los vídeos más reproducidos de Youtube nadie lo diría…

¿Lo dice porque suelen ser vídeos bastante tontos y banales?

Por ejemplo…

En realidad es bastante lógico, porque una adicción al pensamiento no implica necesariamente ser muy sesudos y pensativos, sino todo tipo de apego abusivo a cualquier forma de pensamiento. Lo cual es en mayor o menor grado algo universal. Y, precisamente, el vivir apegados a automatismos y a modelos de creencias de cualquier clase es lo que nos va desconectando de las realidades más sustanciales, y de las comprensiones más importantes. Entonces es cuando van apareciendo las vidas vividas con superficialidad y banalidad, y el pensamiento más simplista. Dedicarnos más a lo importante no implica ser aburridos y solemnes, pero sí una percepción profunda y amplia de la realidad que hay tras el mundo del pensamiento.

Leo su libro y entiendo que bajo ningún concepto está usted por la labor de decirle al paciente lo que el paciente quiere oír. ¿La actitud opuesta a la suya se da mucho en los gabinetes de psicología?

No debo atreverme a especular con lo hacen mis colegas en sus gabinetes, pero lo que sí puedo apreciar es la literatura psicológica que circula en el mundo de la autoayuda, y con alguna honrosa excepción, me resulta preocupante. No es que yo quiera fastidiar a la gente diciéndole justo lo que no quiere oír sino que, necesariamente, lo que más puertas puede abrirnos son cosas que incomoda profundamente ver y oír. Y yo tengo un verdadero propósito de transformación con el que mis pacientes y lectores sintonizan tanto mejor cuanto más sincero y decidido es su propio propósito. Eso está por encima del propósito de vender muchos libros.

Pero, ¿qué es lo que quiere oír alguien que acude a terapia?

Alguien que acude a terapia es alguien que de verdad sufre y quiere cambiar. El problema es estar dispuestos a asumir el esfuerzo y toda la inversión que eso requiere. A cierto nivel, que puede ser bastante inconsciente, la persona puede sentir que hacer lo que hay que hacer, o renunciar a lo que hay que renunciar para superar su dolor, es peor que el dolor mismo por el que pide ayuda. Hay como una balanza de compensación, porque todo cambio es siempre, por definición, sistémico, y cambiar una pieza obliga en mayor o menor medida a tocar otras que puede que a uno no le haga tanta gracia cambiar. Es una cuestión de cómo vive el paciente la ecología de su cambio. Por este motivo la gente tiende a menudo a detenerse en equilibrios precarios del tipo “no lo toquemos más, que así ya funciono”. El problema es no conseguir ver cuándo eso va a crear una nueva rotura muy pronto, o todo lo bueno que se puede estar perdiendo.

Pero todo esto no es porque las personas sean tontas o vagas sin más. Los juicios no explican nada y deben quedar de lado. Todo esto tiene que ver fundamentalmente con que al igual que existe una profunda e instintiva necesidad de seguridad física, existe una necesidad de seguridad psicológica. Este instinto es profundamente generador de la adicción a acomodarnos en las distintas estructuras de pensamiento, del miedo al cambio, a la incertidumbre, a la ausencia temporal de control. Estamos configurados de esa manera, y defiendo que es preciso estimular un cierto salto evolutivo en la consciencia para ir hacia una manera de satisfacer esa necesidad de seguridad que no sea tan paradójicamente lesiva, y que no se base en la especulación y en la ilusión del pensamiento, sino en comprender verdaderamente al pensador y a su mundo.

¿El paciente busca “apoyo moral”?

Bueno,  en sintonía con la búsqueda de seguridad psicológica a la que me acabo de referir, es habitual que las personas quieran escuchar o leer lo que las ratifica o apuntala en su manera de funcionar, lo que produzca complacencia, y lo que sea cómodo, atractivo. Lo que sea sencillo. Una bonita mano de pintura a la casa que se cae, y a seguir funcionando. La mayoría de las personas tal vez no buscan verdadero y profundo aprendizaje, sino emocionalidad y reforzamiento del ego. Por eso supe desde que los empecé a escribir, y aun antes, que mis libros serían minoritarios.

Entre sus compañeros, ¿se da poco ese momento en que advierten al paciente de que no pueden hacer nada, o nada más, por él? En otras palabras, ¿qué opina de relaciones terapeuta-paciente que se eternizan? Diez, quince años acudiendo cada mes al mismo psicólogo.

Insisto, no quiero especular con lo que mis colegas dicen a sus pacientes. Pero si hablamos de relaciones terapéuticas tan largas, sólo puedo decir que denotan que se está haciendo otra cosa, pero no terapia. Viene al hilo de lo que le comentaba antes. Podemos estar toda la vida haciendo reformas, sujetando con alambres o dando maquillaje, pero obviamente eso mantiene intacto el problema esencial, o incluso hace que vaya empeorando. Un buen trabajo de terapia debe proveer de habilidades, transformar estructuras y estrategias, y dotar de autonomía al paciente para que salga de la terapia lo antes posible, aunque en cierto periodo eso pueda no producir precisamente alivio, sino todo lo contrario. Pero tratar el último disgusto de la semana y dar consejos no es terapia.

Es equivalente a las personas que se pasan media vida leyendo libros de autoayuda o haciendo cursos de psicología. Resulta como mínimo sospechoso. Es como si alguien lleva años yendo a la autoescuela para aprender a conducir. Podemos afirmar entonces que no es eso lo que le están enseñando.

¿La confesión -o hablar de los problemas de la semana, como ha comentado antes- no es terapéutico per se?

La confesión puede tener, según el caso, un componente terapéutico, pero además de ser muy insuficiente puede también, según el caso, facilitar y propiciar que se siga cometiendo el “pecado”. Las cosas suelen ser algo más complicadas, y no es apropiado llamar terapia a cualquier cosa.

Hay corrientes en la psicología que sí recomiendan un trabajo continuado. Como el que va al dentista una vez cada seis meses.

Bajo esa idea de que “no hay que dejar de trabajarse” existe mucha contaminación y falsa psicología. Claro que no hay que dejar de estar atentos a nuestra buena maduración personal, como no hay que dejar de estar atentos a ser buenos conductores, pero eso es más bien una actitud a partir de tener las claves fundamentales. Gran parte de esas claves fundamentales son las que yo he intentado trasladar en Adicción al pensamiento, y por eso me he atrevido a afirmar que no voy a escribir otro libro de autoayuda mínimamente similar. También, por lo mismo, sospecho de quien escribe muchos libros de autoayuda. Mi próximo libro será de poemas.

En una sociedad cada vez más descreída, con menos referentes morales y la religión convertida en espectáculo de masas,  ¿estamos también más mermados en el terreno de la psicología?

Yo no diría que la sociedad es cada vez más descreída, o que existan menos referentes morales, sino que más bien han cambiado las creencias y los referentes. En esencia no me parece que estemos de forma global mejor ni peor que antes, a nivel psicológico, aunque sí bastante peor a nivel ecológico, como he explicado en El Mundo Necesita Terapia, y eso es fatídico para todos nosotros. Pero lo cierto es que  se ha venido desarrollando lo que yo llamo una psicoteología, o una psicomitología, una especie de nueva religión disfrazada de conocimiento psicológico, y en esto participan muchos psicólogos que creo que no merecen serlo, y muchos no psicólogos que juegan a serlo. Como todos tenemos cabeza, tendemos a creer erróneamente que todos sabemos psicología. Creo que la Psicología es la disciplina de conocimiento más maltratada, banalizada y sobresimplificada que existe, cuando debería ser el primer  eje rector que orientara el mundo. Los psicólogos tenemos una enorme responsabilidad social, y no deberíamos renunciar o escondernos de eso.

¿Era previsible que cuando esta civilización nuestra alcanzara grandes cotas de desarrollo, de consumismo, de seguridad y bienestar, las neurosis se extenderían como auténticas pandemias?

Como le acabo de comentar, a nivel psicológico no existe fundamento para pensar que, globalmente, el ser humano sea menos ni más feliz que al principio de su historia; de otro modo, ahora seríamos extraordinariamente más felices que hace siglos, y hace siglos todos debían estar sumidos en la depresión. Obviamente tal cosa no es creíble. Y esto en sí mismo ya es bastante preocupante, porque entonces el progreso ha consistido poco más que en cambiar la suciedad de sitio. No hacían falta tantas alforjas, y tanta complejidad, para este viaje. Sería mucho más ajustado al conocimiento establecido, y no sólo al conocimiento psicológico, ocuparnos de desarrollar un generalizado y sostenible estado de dignidad, y no esa trampa del llamado estado de bienestar. Problemas psicológicos ha habido siempre, pero han cambiado en su formato y en su manera de ser abordados, así como en la manera de ser comunicados y aireados.

Sexo, éxito, reconocimiento social, dinero. No necesariamente en ese orden, pero parecen ser las aspiraciones, principio y final, de la mayoría. ¿Se equivocan?

Demostradamente, se equivocan. Mi función no es dar opiniones, sino poner de manifiesto cuando vivimos de espaldas al conocimiento bien establecido por la psicología. La cuestión central aquí es que, de modo general, estamos profundamente desconectados de nuestras necesidades o motivaciones reales -esenciales o naturales-, y estrechamente conectados a multitud de deseos o necesidades aprendidas, secundarias, que no satisfacen de un modo adecuado esas necesidades primarias con las que en el plano no consciente se conectan, y por ello se buscan de manera insaciable, excesiva, abusiva. Es algo que tiende a ocurrir en cualquier adicción, y por ello el ser humano es la única especie profundamente abusiva sobre la tierra. A partir de esa desconexión con su propia naturaleza. Y por eso también tanta insatisfacción después del disfrute momentáneo, tanto vacío existencial, y tanto esfuerzo y carrera hacia ninguna parte. Por eso tantos placeres vividos de un modo que nos desencamina de la felicidad.

Afirma que cada uno debe perseguir sus metas, sus sueños. ¿Esto también lo hacemos de la manera equivocada?

No recuerdo haber subrayado en ningún caso eso de que hay que perseguir los sueños y metas.

Escribió que no hay problema en perseguir metas y sueños, siempre que sean realistas.

No digo que no haya que perseguir metas y sueños, pero si bien ésa es una idea manida, casi un mantra de la falsa autoayuda, los problemas centrales no provienen de no alcanzar nuestras metas, sino de no saber discernir cuáles han de ser para que nos otorguen una verdadera realización. Lo que enfatizo es que cada uno debe reconocer y expresar su autenticidad. Vivimos en una cultura de metas, de objetivos y resultados, y ésta es una de las grandes trampas de nuestro paradigma cultural, porque sabemos a ciencia cierta que las personas con mayor paz interior, y con mejor equilibrio y fortaleza real, son las que se mueven por valores, no por metas. Las metas, los sueños, se pueden alcanzar o no, pero los valores son plenamente autodependientes, son actitudes, maneras de ser, y aluden a la forma de caminar por la vida. Las metas y los resultados necesitan de la esperanza y la confianza, que son frágiles y vienen acompañados de su otra cara: el miedo o la apatía; pero los valores requieren de la coherencia y del autoconocimiento, que sostienen algo mucho más inquebrantable e inmune al miedo. Las metas deberían estar al servicio de un buen compromiso con nuestros valores, pero nuestra cultura induce exactamente al proceso inverso.

¿Qué tal se lleva con la palabra ambición?

Ambición no es una palabra que me guste demasiado, ni que me parezca particularmente necesaria; plantearse objetivos y trabajar por ellos está bien, siempre que nos aseguremos de que son los objetivos personal y socialmente adecuados, y ésta es como digo la parte más descuidada y difícil del asunto.

En general se muestra crítico con los sectarismos y las religiones organizadas, las religiones mainstream. No sé si cree en Dios, o en un dios, o en un creador. Si uno no cree en ninguna de esas figuras, si uno sólo cree en el método científico, ¿cómo  debe interpretar esa espiritualidad de la que a menudo habla?  

Es que no sólo todas las religiones, sino todas las ideologías y sistemas de creencias, son pantallas sustitutivas de la realidad. A más creencias, menor conocimiento. Pero dado que nuestro conocimiento siempre es tan limitado, eso implica que el buen conocimiento invita precisamente a aprender a no saber, a aceptar la duda, la incertidumbre y la ignorancia, en lugar de rellenar esos huecos con nuestra creencias y juicios. Por eso la sabiduría calla tan a menudo. Pero nuevamente esto es un gran reto para nuestra búsqueda de seguridad, y la gente huye despavorida de la incertidumbre y lo desconocido, aunque sea algo real e imperativo, instalándose y fragilizándose en todo tipo de construcciones de pensamiento.

Una gran perversión, por tanto, ha sido que las doctrinas religiosas pretendieran patrimonializar la experiencia espiritual, porque no sólo es que la creencia o la fe religiosa no sea necesaria para la espiritualidad, sino que de hecho la corrompe. La espiritualidad se ha confundido clásicamente con la especulación y el esoterismo, que son maneras de alejarse de la realidad, cuando su propósito es precisamente profundizar más en ella, trascendiendo el mundo de las formas y las apariencias. O sea, básicamente trascendiendo nuestras pantallas de pensamiento, porque entonces es cuando se despiertan verdaderamente los sentidos y la sensibilidad, e incluyo la sensibilidad prosocial. La búsqueda de sentido vital es algo muy laureado y complejizado, pero en realidad debería ser tan sencillo como ir hacia la realización de nuestras capacidades y necesidades naturales. No es nada místico, sino algo naturalmente sencillo. La verdadera espiritualidad es tremendamente sencilla, y humilde.

Le cito: ”Todos los actos humanos son comprensibles”.  ¿Aquí surge la diatriba entre explicar y justificar? ¿Todo lo comprensible es excusable?

Por supuesto que todo es comprensible, o explicable; otra cosa es hasta dónde llegue nuestra capacidad de conocer, explicar y comprender en cada caso. La única alternativa a esto es creer en la magia. Si se piensa un momento, esto es en realidad absolutamente obvio, elemental. No hay o no debería haber ninguna diatriba entre explicar y justificar, o entre lo comprensible y lo excusable, porque son cosas diferentes y no vinculadas. Excusar y justificar alude a nuestros juicios, límites y preferencias. La comprensión no tiene nada que ver con los juicios, sino que precisamente es lo que va acabando con ellos. Es sólo ver lo que hay, captar la estructura, dinámica y lógica que da lugar a las cosas. Por eso todo es potencialmente comprensible. Lo que hagamos después para gestionar y actuar sobre esas realidades, incluso para limitarlas o alterarlas totalmente si es lo que procede, es otra cuestión, pero esa gestión sólo puede hacerse bien desde la comprensión. No podemos poner fin real a unas actitudes y comportamientos que no hemos sabido explicar y comprender adecuadamente. Permítaseme un juego de palabras: creo que hay que aprender mucho para comprender que todo lo que hay que aprender es a comprender.

Fíjese, la pregunta que formula ilustra muy bien por qué el primer capítulo de Adicción al Pensamiento lo dediqué a la conceptopatología. Tengo una profunda inquietud por que aprendamos a dar precisión y significados útiles a los conceptos, porque son determinantes para nuestra construcción y gestión de la realidad. El lenguaje es un arma tremendamente poderosa, para bien o para mal.

¿Cómo manejamos, como sociedad, conductas que para el individuo son inevitables, compulsivas, pero intolerables para el colectivo? Si hablamos de crímenes, ¿cree que el sistema penal debe ser más “comprensivo”?

El sistema penal debería ser más reeducativo, lo cual no significa que no haya numerosos casos de los que no cabe esperar reeducación posible, y por tanto necesitamos efectivamente un sistema de control y restricción, incluso de prisión perpetua, para quienes comprensiblemente podemos esperar que sigan siendo un peligro significativo para la comunidad a pesar de ofrecerles diversas posibilidades de cambio. Precisamente, cuando captamos la explicación apropiada y bastante completa de ciertos comportamientos y estilos de personalidad, sabemos que pueden ser muy poco reeducables, como en el caso de los psicópatas, por diferentes tipos de limitaciones. Y ese discernimiento nos induce a poner límites y controles contundentes.

Un mito: “Es que la gente nunca cambia”.

Es que efectivamente es un tópico. Yo soy un profesional del cambio, convivo todos los días con los cambios de las personas, a veces bastante profundos. Lo que hay que entender es que los cambios más purificadores y necesarios no dejan de ser una manera de quitarnos de encima aprendizajes previos fallidos. Otra cosa es que desde luego hay cambios más o menos sencillos, y personas más o menos conscientes y motivadas. Cambiar ciertas estructuras en ciertas personas puede ser tan difícil que no encontremos los recursos en esas personas, en el entorno y en nosotros mismos para promoverlos. Pero si está el compromiso y disponemos del conocimiento y los ingredientes, es posible observar transformaciones muy profundas.

En uno de los distintos testimonios que plasma en Adicción al pensamiento presenta a una madre primeriza que vive aterrada por pensamientos de rechazo e incluso de agresión hacia su propio bebé. Usted aboga por “hacer las paces” con ese tipo de pensamientos, escucharlos, entender qué es lo que quieren de (o para) nosotros. Aceptarlos, en definitiva. Y aceptar la esencia de uno mismo parece la parte fácil –con todos los matices que se quiera- del proceso. Tratar de cambiar esas ideas, esa esencia, es lo que se antoja muy conflictivo.

Es que nuevamente el asunto es paradójico. Nuestro mejor cambio ocurre de forma natural cuando comprendemos y aceptamos plenamente nuestra realidad, incluso la realidad de que se nos presentan esos sentimientos de rechazo a un hijo. Porque también eso tiene su explicación. Si no investigamos con atención y compasión las fuerzas que se mueven dentro de nosotros no podemos entender su función y su lugar en el conjunto, y entonces no pueden integrarse de manera no conflictiva en ese conjunto. Nuestra manera de intentar manejar el conflicto interior, a través de negación, culpa, lucha, etcétera, es precisamente lo que amplifica esos conflictos. Las personas estamos constantemente atrapadas en causalidades circulares patógenas.

Ahora bien, no estoy de acuerdo en que aceptar la esencia de uno mismo sea la parte más fácil, en absoluto. Lo primero es que pocas personas identifican su esencia, por esa desconexión natural de la que hablaba antes, y solemos creer que somos el personaje que los aprendizajes vitales han hecho de nosotros. En segundo lugar, aceptar cualquier realidad es un proceso fundamentalmente emocional, no sólo intelectual, e implica estar plenamente en esa realidad, sin escabullirnos de ella, sin ningún tipo de autoengaño. Y sólo entonces surge la motivación y el criterio para hacer algo con esa realidad que tenga verdadero sentido. Pero siempre intentamos cambiar las cosas antes de entenderlas, y eso hace que se compliquen más y nos quedemos en soluciones peligrosamente cortoplacistas. Ocurre a nivel individual interno y a nivel macrosocial.

¿El ser humano se pelea demasiado con sus instintos?

Intentar domeñar nuestros instintos es algo propio de nuestra evolución y necesario en muchos casos para no llegar a la barbarie, pero esos instintos no pueden ser negados ni refrenados de cualquier manera, porque de un modo o de otro siempre encuentran la manera de abrirse paso. Porque existen, porque están ahí. Nuevamente, tenemos que entenderlos como parte de nuestra naturaleza, aceptarlos, e integrarlos en el conjunto de otras necesidades y valores igualmente importantes, lo cual requiere de nosotros una conciencia profunda y sistémica. Ésa es la esencia de cualquier solución de conflictos. De manera que sí, en nuestro empeño por ser lo que no somos nos peleamos demasiado con nuestros instintos, que siguen ahí nos guste o no. Pero si realmente cultivamos una evolución de la conciencia es posible armonizar esos instintos de una manera bastante adaptativa con nuestra creación cultural, lo cual, y esto es muy importante, requiere que también domeñemos y armonicemos nuestra creación cultural y civilizatoria para facilitar esa armonía con nuestra naturaleza instintiva y nuestras capacidades. Y en estas dos caras de la integración solemos tener un desajuste bastante torpe.

En una ocasión me dijo que llevaba años sin enfadarse. ¡Años! ¿No se enfada ni siquiera al escuchar las noticias o leer los periódicos? Discúlpeme, pero alguien podría pensar que esto es indolencia.

Pues mire, esta pregunta me da pie para complementar mi respuesta anterior. En efecto, hace muchos años que no recuerdo, ni por dentro ni por fuera, experimentar algo parecido a la rabia, lo cual es una delicia. Y no soy el único, desde luego, aunque no sea algo habitual. Y puedo asegurar además que no ha sido siempre así, sino que es el resultado de mi propio aprendizaje y trabajo de coherencia con todo lo que transmito; el cambio es posible, si respetas sus reglas. Se puede pensar que esto es poco creíble, porque la rabia es una emoción natural que está también en nuestra programación genética, como lo están el miedo y otras emociones, pero ello implica perder de vista que todas las emociones primarias se han desarrollado evolutivamente con una función adaptativa para unos contextos vitales que han cambiado profundamente, y por tanto esas emociones pueden dispararse en el mundo actual de maneras tremendamente desadaptativas. La rabia forma parte de un programa, de un software esencialmente caduco en cuanto a su utilidad para nuestros contextos de vida actuales. Si alguien viene a atizarme con un palo o a dañar de manera manifiesta a la gente que quiero estoy seguro de que se disparará en mí una rabia que me ayude a una rápida actitud de defensa acorde a la situación, pero fuera de situaciones de esta índole, que pueden darse contadas veces en la vida, el resto de ocasiones se trataría de una emoción sencillamente inapropiada, desadaptativa. ¿En qué nos ayuda el enfado  a mejorar nada cuando leemos los periódicos, cuando alguien nos mira mal o cuando nos critica de mala manera? Al contrario, el enfado sólo puede generar respuestas que compliquen más las cosas. Éstas no son situaciones que naturalmente y de forma instintiva disparen la rabia, sino sólo en virtud del significado que podamos dar a tales situaciones. Así que llevo muchos años sin enfadarme, pero no siendo indolente, ni sumiso, sino protegiéndome y procurando mi mejor bienestar y el de quienes me rodean de maneras más eficaces. Porque hay alternativas. Si para hacer determinados esfuerzos y tomar determinadas medidas necesitamos la motivación de la rabia, es que en más del noventa por ciento de las ocasiones estamos organizando mal nuestra percepción. Y exactamente por las mismas comprensiones llevo también mucho tiempo con el miedo tremendamente diluido. Sería un hipócrita si no estuviera implicado en esa evolución personal de mi propia conciencia, porque es lo que todos los días intento de algún modo promover en los demás. Como especie, necesitamos estimular de manera explícita una evolución de la conciencia que nos aleje de ser cavernícolas emocionales.

¿Me está diciendo que uno sólo debe ponerse “rabioso”, enfadarse, cuando su integridad física o la de los suyos están en peligro? Te pueden insultar, te pueden calumniar, te pueden echar del trabajo sin un motivo de peso…

Uno no decide de manera intelectual cuándo debe enfadarse, como con ninguna otra emoción; se trata por tanto de ir integrando en una dimensión profunda el discernimiento de cuándo enfadarse es una respuesta emocional útil, apropiada a la situación. Si alguien viene a darme con un palo, con total independencia de lo que yo interprete resulta que me va a partir la cabeza, y en una situación así el enfado va a darme una ventaja para activar la energía y la fuerza física que esta situación, u otras de esta índole, requieren. Pero si me insultan o me echan del trabajo injustamente resulta, en primer lugar, que la interpretación que hago de estas situaciones es determinante para que de hecho sean una agresión o no. Puedo aprender a sentir indiferencia, o risa, o compasión ante el insulto. La agresión ya no es objetiva, sino mediada por el significado que yo doy a la experiencia. Si me echan de malos modos del trabajo también puedo verlo como una liberación, aunque me quede sin sueldo, en el sentido de que tal vez no quiera yo mismo permanecer en un trabajo donde existen esos valores o se trata a la gente de esa forma. En cualquiera de los casos, el enfado no es la respuesta aquí más ventajosa, útil o globalmente adaptativa, no es la que va a producir mi mejor defensa y con los menores efectos negativos para mí mismo. La rabia está programada naturalmente para situaciones como la del palo, y como decía, resulta una respuesta emocionalmente poco inteligente como parte de un programa cavernícola en las otras situaciones. Esto ilustra bien a qué tipo de evoluciones me refiero cuando afirmo que debemos promover explícitamente en nuestra educación y en la cultura una evolución de la conciencia. Integrar aprendizajes así sería un verdadero y significativo progreso, y no inventar nuevas naves espaciales.

Una pregunta hasta obvia para un terapeuta; la pregunta ad hominem. ¿Se pueden comprender la depresión, la ansiedad, la obsesión sin haberlas experimentado? Hasta los médicos encuentran difícil valorar la intensidad del dolor. Tienen que fiarse de la palabra del paciente.

Escuchamos las palabras del paciente, pero también y sobre todo sus síntomas. Nuestros síntomas son mucho más sinceros que nuestras palabras, pues traen mensajes de dimensiones más profundas y responden a unas determinadas lógicas y estructuras que los psicólogos intentamos conocer. Existe el mito de que quien mejor conoce estas aflicciones es quien las padece, pero resulta que precisamente las padecen porque algo importante falla en su comprensión. Un paciente depresivo conoce la experiencia a la que llamamos depresión, pero no los detalles de cómo se configura y cómo desconfigurarla. El que debe conocer eso es el terapeuta, y por eso se acude a él. Esto no significa que el terapeuta no requiera un buen nivel de empatía con la experiencia y posibilidades del cliente, es decir, una buena comprensión de esa depresión particular de ese cliente particular, y a eso puede ayudar bastante el haber transitado por experiencias similares, pero sólo si ha sabido superarlas de manera apropiada y aprender de ellas.

Adicción al pensamiento persigue, según sus palabras, una “desestabilización constructiva”. Le preguntaría si esto tiene que ver con ese axioma que ya ha calado hasta en la publicidad: “Hay que salir de la zona de confort”. Pero tengo entendido que le parece una bobada.

Lo que me parece una bobada es que se den tantos mensajes de pseudopsicología simplista, sesgada, como lemas muy deficientemente explicados. Si debemos salir de la zona de confort es para asentarnos en otra zona de confort mejor, o menos frágil y más sostenible, no por un acto de masoquismo y gusto por la incomodidad. La profunda necesidad de seguridad a la que ya me he referido nos ata a zonas de confort, pero si ese confort  no se va actualizando en equilibrio con nuestras necesidades de desarrollo, de autonomía, de realización y de adaptación a los contextos que sobrevienen, entonces se convierte en un confort caduco, y  por tanto tremendamente incómodo. Equilibrio es siempre una palabra clave, y el equilibrio requiere que vayamos desarrollando nuestra seguridad, y asegurando nuestro desarrollo. Si rompemos en demasía ese equilibrio dinámico van a aparecer síntomas.

Y éste es el sentido de la expresión “desestabilización constructiva” que yo utilizo. Cuando estamos mal o peligrosamente colocados en la vida, tenemos que pasar por una fase de cierto descoloque para poder recolocarnos mejor. Es la fase incómoda, trabajosa y tan a menudo temible de los cambios importantes.

¿Hay patologías que no tienen visos de mejora haga lo que haga el paciente? Si no fuera así, ¿el paciente que no avanza debería sentirse culpable o simplemente aceptar que, por alguna razón, no quiere dar los pasos necesarios?

La culpa nunca va a propiciar una buena solución a los errores y limitaciones, sino que más bien va a perturbar esas soluciones y a propiciar más error. La culpa implica un juicio de valor y ofusca las explicaciones, es un concepto patológico, innecesario, que también debe ser superado. Pero nuevamente albergamos creencias erróneas como que es inevitable, o incluso egoísta e insensible no experimentar culpa en determinadas circunstancias. No sólo los pacientes, sino también muchísimos psicólogos están contaminados por esas creencias. Un coche pequeño no tiene la culpa de no poder correr a gran velocidad, sino que simplemente no está dotado para ello. Si podemos hacerle arreglos para que alcance esa velocidad dependerá de los materiales, los conocimientos… Con las personas no es esencialmente diferente, pero tendemos a creer que sí porque sostenemos una idea mítica acerca del libre albedrío. Éste sería un tema muy largo de desarrollar.

Desarrolle usted lo que quiera…

Verá, cuando alguien no muestra el compromiso y la voluntad para hacer cambios que sabemos que le resultarían muy provechosos es porque no está dotado o no hemos sido capaces de dotarlo de las comprensiones que fundamentan esa voluntad y ese compromiso, y esto por supuesto nos ocurre constantemente, y encontramos personas y tipos de patologías de muy complicada transformación. Nadie dice que sea fácil. La motivación también es una habilidad compleja, no algo que viene dado porque alguien es buena o mala persona, no se lleva inscrito en algún gen. No hay culpas, no hay excusas, no hay justificaciones; lo que hay siempre son ingredientes en nuestro mundo, motivos y explicaciones. La diferencia entre una cosa y otra es radical, es la diferencia entre enjuiciar y explicar.

«Algunas conductas son más adaptativas que otras”. ¿Se ofende si le digo que esto me suena a que lo mejor para nuestra integridad física y mental es seguir al rebaño? “Adaptarnos” al rebaño…

¿Se ofende usted si le digo que le suena a eso porque confunde adaptación con amoldamiento?

(Risas) En absoluto.

Otra vez la constante confusión de conceptos que sustenta malas relaciones con la realidad. Adaptarse no implica necesariamente resignarse o amoldarse. La ley de la adaptación sí que es un principio natural que requiere el máximo respeto, y supone hacer aquellos cambios que van a procurarnos la mejor satisfacción de nuestras necesidades. Y que van a hacerlo de la manera más duradera posible. Y desde esta comprensión espero que pueda entenderse que en muchas ocasiones lo más adaptativo puede ser precisamente la rebelión, o la deserción de ciertas estructuras, modos de vida o de pensamiento. Amoldarse puede según el caso ser una actitud adaptativa o no. Siempre debemos ensanchar la mirada hacia una experiencia más global en el espacio y en el tiempo.

No es demasiado entusiasta del discurso del “Todo es posible”, o “Yo todo lo puedo si me esfuerzo”.

Lo que sabemos a ciencia cierta, aunque no sea un mensaje seductor, es que no todo es posible, ni podemos hacer todo si nos esforzamos. Incluso aunque podamos, eso no significa que valga la pena hacerlo. Lo que necesitamos no es más confianza en nosotros mismos, que en rigor es un acto de fe, de creencia, sino más autoconocimiento, y eso implica conocer  y aceptar del modo más ajustado posible tanto nuestras potencialidades como nuestras limitaciones. No es adecuado subrayar sólo la mitad del cuadro.

Pero, dígame, ¿ciertos logros humanos habrían sido posibles sin estar convencidos sus protagonistas de que podían con todo? Perdone que me ponga belicista, pero a veces la derrota no parece una opción. ¿Cómo mantener el equilibrio entre Juanito Oiarzábal, firmemente decidido a morir a 8.000 metros de altitud, y la pasividad del que no cree en sus propias posibilidades?

Es verdad que ciertos logros humanos no habrían sido posibles sin esa filosofía, y también es verdad que muchos de esos logros sólo tienen valor para el escaparate del ego. ¿Para qué necesitamos inventar una bomba atómica, o tantos desarrollos cuyo valor fundamental es parchear el roto que hemos creado antes? Creo que una conciencia más evolucionada nos motivaría a recoger mucho hilo en el carrete de la historia, a descomplejizar muchísimas cosas y muchísimas vidas.

A veces su discurso resulta, si me lo permite, frío, duro. Recuerdo ese pasaje en el que habla del dolor ante la muerte de un ser querido. Poco menos que nos espeta que espabilemos, que no lloramos por el ser querido sino por nosotros mismos. ¿Rechaza de pleno la autocompasión?

Insto a la autocompasión, pero literalmente prohíbo a mis pacientes la queja y el victimismo. Otra confusión conceptual más. No creo que huir de la sensiblería y el victimismo sea frío y duro, pero sé que a mucha gente se lo parece, porque es poco complaciente. Existen verdades muy incómodas, pero nada hay a la larga tan incómodo como huir de las verdades. Y desde luego en ningún momento digo que sea censurable llorar y experimentar un duelo natural por la pérdida de alguien cercano. El problema es que también es usual que hagamos duelos más largos y complicados de lo que es estrictamente natural. Todos los procesos por los que atraviesa el ser humano están teñidos de creencias que modulan esos procesos, y solemos aferrarnos con uñas y dientes a esas creencias. 

¿El intrusismo es el gran cáncer de la psicología? Individuos sin titulación alguna que se autodenominan terapeutas.

Creo que hace mucho, allá por el principio de nuestra entrevista (Risas)… Disculpe por extenderme quizá demasiado…

Por favor…

Pues hace un rato señalé que veo a la psicología como la disciplina más invadida, banalizada y distorsionada que existe. Dado que su objeto de estudio es tan sutil e intangible parece que da permiso para que cualquiera se considere con autoridad de experto, y hace también muy difícil a nivel legal delimitar de un modo claro los márgenes en los que los no titulados deben moverse. Porque la psicología somos nosotros mismos, está en cada paso, cada pensamiento y cada sensación que experimentamos, y eso puede otorgar mucha ilusión de conocimiento.

Y es que… ¿Quién supervisa al terapeuta? ¿Quién analiza al psicólogo?

Puede ser otro psicólogo que desde fuera sea capaz de mantener una visión más precisa que uno mismo, o puede ser el propio profesional que asuma un trabajo de metacognición, autoanálisis y auto transformación, si tiene buenas capacidades personales para ello.

¿Autoanalizarse?

Hay quien dice que esto no es apropiado, pero lo es si se posee una buena inteligencia intrapersonal. Para mí, lo más importante es que de uno u otro modo el terapeuta esté sinceramente comprometido con su propia maduración y con la coherencia en relación con los conocimientos que se supone que atesora. Creo que ese esfuerzo de coherencia es mucho más determinante en un psicoterapeuta, y en cualquier tipo de profesión vinculada a la educación, que en otras profesiones. Tengo la impresión de que ayudamos a la gente a cambiar no solo por lo que conocemos y lo que hacemos, sino muy especialmente por lo que integramos en nosotros mismos y por lo que somos. Debemos ser mucho más que tecnólogos. Un terapeuta puede ser alguien ignorante de su ignorancia, un incoherente farsante, o alguien sinceramente comprometido con el camino de la mejor versión de sí mismo, un camino sin fin pero sin pausa. Esta afirmación también podrá sonar extremista a mucha gente, y especialmente a muchos terapeutas, pero honestamente yo no veo otra posibilidad. Por eso estudiar psicología puede ser más o menos fácil, pero pretender ser psicólogo más allá del título me parece una empresa tremenda y maravillosamente exigente.

*Sigue a Pedro Jara en Twitter.

Traductor, periodista a regañadientes, copywriter. Quizás nos encontremos en Esquire, Vice, JotDown o en Miradas de Cine. Como me sobra el tiempo, edito Factory.

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