Igualdad

Autocuidado, empatía y mercado

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Cuando categorizamos a alguien como “sano”, como persona “sana”, lo hacemos basándonos en constructos que no responden a criterios de salud sino a cánones estéticos propios de nuestras sociedades capitalistas, heteronormativas, patriarcales, binaristas. ¿Por qué ponemos el acento en encajar en el canon estético del momento y no en el autocuidado amoroso?

Estamos atravesadas por el conflicto y ya de partida nos pensamos imperfectas. Nunca es cómodo ni fácil hablar de nuestros cuerpos. La constante exigencia social de justificación es una imposición que nos alcanza a todas. Los procesos de cambio pueden ser devastadores y cuestionar las razones de unas y otras no solo es violencia, también lleva implícita la obligación de explicar motivos y estrategias de afrontamiento, infantiliza y deslegitima a quien va dirigida como gestora de sus procesos físicos y emocionales.

Es necesario también desactivar los mecanismos culturales que normalizan climaterio y menopausia como sinónimo de fallo. Abrazar los cambios aparejados a la edad en nuestros cuerpos como lógicos estadíos de ciclo debería volver a ser considerado como lo que es: autocuidado y, por tanto, política. El entorno, la estructura social y cultural nos legitima como mujeres, esto es, como cuerpos deseables, en función de parámetros heteronormativos cambiantes pero siempre violentos, patrones que establecen hasta cuándo nuestros cuerpos son válidos como objetos sexuales y medios de reproducción, convirtiendo además lo categorizado como alteridad en fetiche. Insisto, de decidir mejorar o cambiar nuestros hábitos, hacerlo para estar sanas y ganar en crecimiento, en habilidades de afrontamiento y asertividad. Nunca para forzar al cuerpo a modificarse base de sufrimiento, hambre, autocontrol extremo, para encajar en una talla que no es la nuestra pero que sí es aceptada por el canon del momento. Es demencial.

Trabajar el amor por una misma también es revolucionario porque enfrenta toda una estructura construida para frenarlo. Por eso ponemos encima de la mesa la necesidad de una labor consciente de autocuidado. Pero, ¿qué está ocurriendo con ese autocuidado en este tiempo de crisis? ¿Cómo lo estamos entendiendo, enfocando? ¿Cómo estamos aplicando las pautas sobre bienestar con las que nos bombardean?

Quiero subrayarlo antes de continuar: me doy cuenta perfectamente de estar hablando desde un plano atravesado por  variables  compartidas pero también como privilegiada. En la situación actual de confinamiento tengo acceso a recursos que me permiten una comunicación diaria con mi entorno, con mi familia en otras ciudades, y estoy cómoda y calentita en un espacio de afectos seguro y amable. Dicho esto, no dejo de darle vueltas a cómo, y aún más en estas semanas, se nos está imponiendo un modelo de autocuidado que es en realidad una obligación de ocupar el tiempo en “la mejora” entendida en términos capitalistas, de mercado, heteropatriarcales y, por qué no decirlo, a un ritmo que no permite descuido.

La exigencia de “mejora” en esta situación excepcional responde a una concepción mecánica que objetualiza a las personas. Este aislamiento se convierte en periodo de actualización para optimizar nuestro rendimiento. No se  atienden  cuestiones que tienen que ver con la autoestima reflexiva, el crecimiento interior amoroso y las redes sororas de cuidado comunitario. Tampoco se atiende a cómo las situaciones de estrés y ansiedad producen cambios en nuestros cuerpos, ahora también privados de moverse libremente en espacios abiertos, de interactuar con otras más allá de la pantalla. Añadir a todo ello la presión de mantener o proponerse conseguir un físico de acuerdo a la moda del momento no puede acarrear más que insatisfacciones para la mayoría y también peligros para quienes enfrentan procesos problemáticos relacionados con hábitos de alimentación.

Por otro lado, porque el autocuidado también se sostiene y ayuda a sostener lo comunitario, porque cuidarnos no sirve si no proyectamos como solidaria la fortaleza ganada, si no mantenemos redes de apoyo mutuo, centrar el discurso en la continua necesidad de conexión virtual pone de relieve, por si antes no había quedado claro, el desigual acceso a las tecnologías pero también a suministros básicos, como el eléctrico. Sin ir muy lejos, tener luz es un lujo para comunidades como las del barrio de La Chanca, en Almería, que lleva cuatro años denunciando deficiencias y los cortes continuos que actualmente se han agravado hasta límites intolerables. Cuando no queda otra que tirar la comida porque no puedes conservarla en condiciones, cuando no puedes poner la calefacción, cocinar, lavarte con agua caliente, garantizar los cuidados para los tuyos y para ti, mucho menos encender la radio o poner la tele, hablar de entregar las tareas escolares vía online y ver tutoriales de estiramientos son lujos.

Llevamos semanas saturadas de propuestas vía redes sociales y, aunque afortunadamente, muchas de ellas son solidarias, la gran mayoría sirven únicamente a la promoción personal con la esperanza de una recompensa  satisfactoria en forma de reconocimiento = más seguidores. El autocuidado también exige trabajar la capacidad de filtro y desconexión de plataformas que nos hiper estimulan, que nos activan como un modelo de sujeto social con cero empatía por aquello que se le ofrece como ajeno y lejano: lo  marginal, lo enfermo, lo precario, lo pauperizado, todo ello agravado aún más por la crisis del COVID-19.

Por todo ello, necesitamos pararnos a respirar un momento y repensarnos. Porque además de aprender a hacer batidos de berza, que también,  necesitamos abrazarnos a nosotras mismas en la seguridad de que todos los cuerpos son válidos y proyectar esa fortaleza hacia las demás,  trabajar la empatía que nos permite conectar con relatos y referentes diversos, esos, los que verdaderamente nos nutren en un intercambio solidario, justo y humano.

Escritora y trabajadora social. Desarrolla el proyecto feminista Musas Disidentes y es colaboradora habitual en publicaciones de actualidad, radio y revistas culturales. Desde 2017 forma parte de Local, iniciativa crítica cultural de la asociación Laboca. Su último libro, Nudo de venas (Suburba Ediciones, 2018), recoge su producción poética más reciente.

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