Igualdad

Feminismo de ayer

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No seré el único que perciba en el feminismo de hoy en día una nueva transformación radical de la estructura social que tardará en ser bien acogida. Se trata de un nuevo tipo de empoderamiento que a mí me hace mucha ilusión, tanto para con las mujeres como por su tendencia a ir más allá de la identidad específicamente femenina, puesto que la identidad femenina, como la mirada femenina (o masculina), ya no existe. Aparte, cabe recordar que es fundamental para las mujeres y en general para todas las personas saber de dónde venimos, con el propósito de tener una idea adecuada de quiénes somos, qué problemas hemos tenido que afrontar, qué nos ha permitido llegar hasta aquí, quiénes han sido nuestrxs aliadxs y quiénes nos han puesto obstáculos hasta el fin. Además, si bien es cierto que el feminismo español no puede ser llamado sufragismo hasta los albores de la Segunda República, toca destacar que es la única revolución pacífica y permanente con un continuo histórico prolongado.

Las revoluciones burguesas no fueron favorables para las mujeres. En España el voto nunca ha servido para promover un cambio de gobierno sino sólo para controlar los resultados electorales y alimentar el caciquismo proverbial. Es por esto que Concepción Arenal no defendió al principio los derechos políticos de las mujeres, aunque más adelante evolucionaría. Ella consideró que la política se contradecía con la propia naturaleza femenina, ya que otorgaba a la mujer un crédito moral mayor al del hombre y una naturaleza bondadosa y poco dada al mundo turbio de la política. Por otra parte, Emilia Pardo Bazán comprendía que antes de la democracia, antes del siglo XIX, hombres y mujeres vivían equiparados, más cerca el uno del otro, en el entorno rural. Sería un equivalente a lo que los norteamericanos llamaban “la ruda igualdad de la frontera”. Y fue con la revolución burguesa que se acrecentó tanto la opinión pública como su efecto sobre la sociedad. En la España burguesa, la opinión pública ejercía de elemento de sujeción y de control de la mujer, manipulada para que no hiciese deporte, para que no viajase, etc. Era entonces el momento de incidir en una nueva estructura de las relaciones familiares, individuales, sociales y políticas. No obstante, conforme se articulaba y desarrollaba el feminismo, las figuras masculinas que dentro de la élite política aparecieron en apoyo a las reivindicaciones de las mujeres, se limitaron a defender las reivindicaciones que se refieren a derechos no relacionados estrictamente con el derecho político. Y, en consecuencia, el primer derecho que las mujeres pidieron fue el último que se les concedió.

La culpa de todo la tiene La Iglesia. Más concretamente, la tiene el inmenso poder social de La Iglesia, que profundiza hasta lo indecible el retraso económico, social e ideológico de España con respecto a otros países. “¡Con lo católica que es España!” -proclamó el Papa San Juan XXIII al enterarse del pase de prensa de la película Viridiana en la catorceava edición del ya perdido Festival de Cine de Cannes. Y es que Pedro Felipe Moldau, considerado como el padre del higienismo del siglo XIX, negó el derecho político a la mujer por una cuestión de adulterio moral, con el fin argumental de no reduplicar el voto en una familia y evitar así una hipotética situación de conflicto matrimonial inviable, en el caso de que la esposa no votase lo mismo que el hombre. Gracias, Moldau. Y lo peor es que esta relación de fuerzas nutre la ideología patriarcal. Causa por la que en España el feminismo no trascendía y se quedaba estancado en el marco de la educación y de las ideas, ya que esta no sólo era una nación que no se estaba industrializando en aquél momento, sino que tampoco se planteó en serio la posibilidad de hacer la reforma agraria que en otros países ya se había realizado.

Que viva...

Que viva…

España se incorporó tardíamente a la segunda generación de países industriales de Europa, en parte debido a la guerra de la Independencia primero y las guerras Carlistas después. Como fuere, ya con el triunfo del industrialismo económico, la población femenina se inscribió al mundo laboral. Con ello obtuvo la independencia económica, pero lo hizo en situación de desigualdad. Esto llevó a las mujeres a activar su conciencia preguntándose por qué. Y la respuesta sería que a las mujeres no se las consideraba todavía personas, proyectos humanos autónomos, sino que por el contrario tenían que ser en relación a los demás. Tanto es así que a las niñas se las educaba en ser ideales de posibilidad para los hombres y para la familia. Es decir, la demanda social para con las mujeres era que estas sirviesen de elemento que posibilitara los proyectos personales del hombre, satisfaciendo sus necesidades elementales. Para comprobarlo basta con mirar a los mandos del ejército y de las policías, a los altos cuerpos de funcionarios, al cuerpo de catedráticos de universidad y al aparato judicial, etcétera, que son todavía cuadros mayoritariamente masculinos, debido a que detrás de cada varón hay una hembra que le dobla los calzoncillos y las camisetas, que le enrolla los calcetines y los guardara en el cajón de la cómoda. Jean-Jacques Rousseau, el gran filósofo igualitarista de la Revolución Francesa, dijo que la instrucción de la mujer, en todo tiempo y lugar, debía ir encaminada a hacer más fácil y agradable la vida de los hombres. No hubo ilustrado de hecho que pensara en la mujer como sujeto de todos los derechos políticos conquistados.

La primera expresión de los derechos feministas fue la Convención de Seneca Falls (New York, 1948) impulsada por Elizabeth Cady Stanton. Desde luego, el feminismo no surgió espontáneamente sino a través de una serie de cambios sociales con el triunfo del industrialismo económico, los avances educativos y el establecimiento de una sociedad de clases. Por tanto, lo primero que afectó de pleno a la población femenina fue su independencia económica a través de su incorporación al mundo laboral, que dio lugar a la emancipación de pensamiento de las propias mujeres y que ya venía avisándose desde el período de la Ilustración francesa e inglesa, no de la española, pero en ningún caso cuestionando la organización social sino exclusivamente la organización de las relaciones entre hombres y mujeres. Sin embargo, en 1936, España era el país con más mujeres en el parlamento, y también en la vida política, en parte gracias a anarquistas como Federica Montseny. Luego, durante la guerra surgió en Cataluña el Grupo de Mujeres Libres, un grupo feminista activo y radical de veinte mil milicianas anarquistas. Y hay que recordar también al eje del movimiento feminista de comienzos de siglo, aquella legión de mujeres entre las que se encontraron María Martínez Sierra, Margarita Nelken y Clara Campoamor.

We are the world, we are the children.

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