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Postvirtualismo

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El postvirtualismo es el movimiento virtual devenido real 

Iba a intentar escribir un texto bajo el título Diez razones por las que la prensa moderna no es seria. La cuarta te sorprenderá. Pero los decálogos me han parecido siempre una forma más del marketing colonialista. Sin embargo, en mi intento por reflexionar acerca de la prensa moderna he comprendido que ésta tiene ahora una importancia relativa por conveniencia propia. A los medios de comunicación masiva ya no les interesa hacer buen periodismo ni son ya herramientas de investigación sino que, por el contrario, se han convertido en meros aparatos críticos para hacer pensar de forma superficial y determinista a sus seguidores y para acaparar de estos el espacio que necesitarían para desarrollar una opinión o subjetividad propias. Esperanza, Pablo, Manuela o Pedro ya no hablarán como ellas y ellos mismos sino de la forma en la que lo hagan los periódicos La Razón, El Mundo, El País y demás voces críticas de kiosquillo diario. Aprenda a hablar políticamente por fascículos. Además y bajo el pesar de que dichas voces, incluso en su izquierda parlamentaria más vanguardista, continúan siendo heroicas, míticas, guerreras e incluso masculinas.
El postvirtualismo, por el contrario, no. El postvirtualismo está siendo la trascendencia más radical al pensamiento del yo solitario propio de las filosofías en la línea de Descartes. El postvirtualismo es una pregunta abierta, pensada y debatida en colectivo.

 ¿En qué estás pensando?

Esta formulación ha sido, de la noche a la mañana, la más respondida de la Historia. Pero, ¿por qué? Porque no sólo tiene el uso de quitarle el control tecnológico al heteropatriarcado para que éste deje de ser normativo, sino que además tiene el sentido de valer de herramienta con la que modificar nuestros deseos; que, desde el neoliberalismo, están fijados a una segmentación identitaria y económica por la cual todos somos tratados por igual ante la Ley cuando, en realidad, esto no es así, ya que hay que tener siempre presente la desigualdad de clase, raza, género y subjetividad de la que partimos. En otras palabras, no es lo mismo que robe un rico por codicia a que lo haga un empobrecido empujado a ello. Como tampoco es equiparable que se exprese una voz mediática respaldada por la interpretación hegemónica a que lo haga una voz vulnerable a la que todavía no se le ha dado la palabra. Palabra que, por cierto, hay que darle en primer lugar al subalterno, y, cuanto antes, mejor.

Aproximándonos a esta tendencia, descubrimos las facilidades y ventajas de la buena vecindad en las redes sociales. Por ejemplo, en la actualidad existe un debate abierto acerca de las urgentes necesidades del mundo transexual. Turquía y el norte de África no sólo están celebrando asambleas virtuales transfeministas sino que el contenido de éstas se está expandiendo por las redes sociales de manera visible, catalizando así la ocasión de que las identidades heteropatriarcales se comprendan (a sí mismas) sujetas a una producción normativa del deseo. Y este acontecimiento está abriendo muchas puertas allí donde, desgraciadamente, se trata y se ha tratado siempre de un asunto de vital importancia que hasta ayer era prácticamente imposible, al menos, en los lugares mencionados.

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«Yo controlo».

Si bien la victoria del neoliberalismo había sido la de conseguir que el Estado nos fagocitase y separase por temáticas identitarias de consumo, en el postvirtualismo estamos deconstruyendo las cadenas de producción de verdad mercantil. Ya no estamos vendiendo un servicio de opinión crítica. Ahora, sencillamente, satisfacemos nuestras necesidades de expresión con la ventaja de poder ser escuchados gratuitamente incluso en la antípoda planetaria. Y es que se trata de una cuestión internacionalista, dado que la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil -a día de hoy, la niñez. Por eso el feminismo es todavía una teoría de los derechos elementales: que no te casen, ni te violen, ni te golpeen, ni te den menos recursos ni te asesinen al nacer. Para ello, hay que decir sí a lo problemático y comprender que la violación empieza en la identidad sexual que se nos asigna por protocolo técnico-médico y por la que la mayor parte de nuestra identificación jurídico-política no es sino un devenir inducido y, por tanto, diseñado, como lo es nuestra docilidad pedagógica y el sadismo del que todavía no hemos conseguido desprendernos. De esta forma, e independientemente de la identidad vivida, si “se nace mujer”, se puede llegar a ser mujer a través del infierno de los hombres; además de por cierta imposición. Pero, si “se nace hombre”, ¿cuál es el mecanismo específico de la construcción identitaria del género? Es decir, en un mundo de hombres, ¿cómo se llega a ser hombre, si no es objetualizando a la mujer y consagrándola a la inmanencia? Así, el drama del hombre radica entre la trascendencia del misticismo de la victoria, con base en una revisión de sus privilegios heteropatriarcales, y las exigencias de una situación que lo constituyen como la esencia del mundo y del lenguaje falogocéntrico* en el que vive. A diferencia de la mujer, si el hombre nace hombre, no puede llegar a serlo. No puede adquirir habilidades y adoptar estilos corporales por voluntad de género sino sólo de identidad sexual y de clase. Por tanto, en un sentido estereotípico, el hombre no se autoconstruye como hombre sino como individuo del colectivo. Y la clave del misticismo de la victoria no reside únicamente en el secreto económico de una creencia o sabiduría sino en el objetivo primordial que el colectivo, como equipo, persigue: la supremacía.

*Falogocentrismo: neologismo acuñado por Jacques Derrida, filósofo, que se utiliza en lingüística y sociología para hacer referencia al privilegio de lo masculino en la construcción del significado.

El tema es ganar

Recordemos, como ejemplo, que Michael y Vincent Corleone son iniciados en el ritual de la castración, cerrándose a Kay y Mary Corleone respectivamente, para ganarse el acceso al podio familiar. En ambos se da una pérdida de placer para la entrada del sujeto en el orden Simbólico. Lo simbólico es virtual, y lo virtual es primitivo. La construcción del mito, del tótem y del tabú son la paradoja de mayor rigor. Los semejantes han de matarse entre sí, han de ser rivales, para que, con la muerte del individuo, quien gane sea el equipo. Es la Ley. El significante, la primera marca del sujeto, es la diferencia entre semejantes. Los hombres han de matarse abstracta, conceptual y políticamente entre sí para hacer perdurar el mito de la supremacía: la ley del más fuerte. Ésta es la esencia de la dialéctica territorial, progresivamente establecida con estructuras lingüísticas cada vez más fluidas según su aparato crítico o notas al pie de Occidente. Los hombres se matan entre sí por machismo. Y asesinan a las mujeres también por machismo, pero por un machismo concreto, situacional y operacional, derivado de un inculcado sentimiento de apropiación. La maté porque era mía. La violé, la golpeé, la humillé y la acosé porque pertenece a mi realidad; y no, como mis semejantes, al reflejo de ésta, es decir, a una realidad por demostrar.

Marlene Dietrich, Greta Garbo y Marilyn Monroe eran virtuales. Sólo podían ser vistas en la gran pantalla. No anunciaban cosméticos, ni concedían entrevistas, ni consiguieron retransmitirlas en directo para ningún mueble doméstico. Sólo se aparecían a oscuras, a partir del momento en el que daba comienzo el ritual, el proceso de identificación. Y son los tres únicos mitos del cine. Bien sea por una coincidencia histórica en el tiempo, sólo después de ellas surgió una proliferación discursiva extracientífica posterior al Renacimiento. Y ese es ahora el paisaje de la red social. Como dice el filósofo Pual B. Preciado: hoy Facebook es más importante que la revista Nature.

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Garbo virtual.

Recordemos que a partir de la taxonomía linneana, todo tenía que pasar por las academias científicas europeas con un proceso de difusión y estratificación jerarquizado. En los años cincuenta, Hollywood, Disney y Playboy son más importantes que la taxonomía moderna y empiezan a desplazar el discurso científico. El cine se convierte popularmente en el lugar de la producción del deseo. Y hoy, en pleno postvirtualismo, la red social es mucho más importante, incluso en su vertiente de ficción identitaria, que el discurso científico; dado que este nuevo circuito de producción de verdad no es sino el pluriverso mismo, y ya no es más un conducto discursivo segmentado por categorías o carteleras. La política es, por fin en Occidente, un juego no totalitario, que se articula desde los márgenes de invención micropolítica, y que está logrando acceder al marco de la macropolítica institucional, estatal. Ya no se trataría de un contrapoder sino de una transición estratégica de producción de vida, inventada desde la red, y que está comenzando a implementarse en las políticas sociales, de la salud, etc.

Frente a la humanización del capitalismo, el postvirtualismo es el lugar de la improvisación. Ya no nos pensamos en términos de identidad, y estamos dejando de ser un sujeto frente al Estado, un sujeto de derechos. Porque como ficción política no existimos, y es por ello que somos excluidos constantemente de la utopía de la modernidad. Este momento que vivimos es el momento de la diversidad mental. No hay ya un fundamento colectivo ni un objetivo de equipo. Hay, pues, puro desequilibrio, una continua reorganización. La nueva gestión política de la vida ha abandonado la representación mediática, y no porque se hunda sino para que se hunda. No existe la política como verdad representada. La política tiene una presencia y existencia propias y es no representable. Por tanto, hemos puesto nuestro deseo en un proceso de transformación abierto. Y sabemos, además, que todo régimen político es violento y dominante, absolutamente. La revolución social da lecciones y normas. Pero no estamos obligados a ser nada. Podemos prescindir del imaginario colectivo, de su asunción y de sus secuelas iatrogénicas. Porque la ficción que creíamos nos salvaría de lo normativo no ha hecho sino arrastrarnos al triunfo de la victoria colectiva, a la construcción colectiva del individuo, según su imaginario, intereses y demandas.

En consecuencia, ahora sólo nos queda retroceder y huir del reconocimiento colectivo, que no es sino un tipo de identificación normalizadora, para con dicha huída volver al reconocimiento individual, a una empatía erráticamente desnormalizadora. De lo contrario, el respeto que nos sea dado por las disonancias provocadas en el colectivo a modo de cualificación para la que pretenden sirvamos de algo, será fagocitado por el engranaje del sistema tantas veces como éste se reproduzca, ya que ganar es siempre su meta. Por ello, el postvirtualismo es contradialéctico, no-dialéctico, y en su seno no hay adversarios sino sólo un número ilimitado pero finito de juegos de escape hacia el desierto de la no-representación, probada tierra de abundancia del cuerpo lleno sin órganos. Allí está la autoconstrucción diaria que necesita también del mañana. Allí fuera es donde se encuentra el yo futurible e innormalizable. El yo real; y, por ende, el tú, ella y él reales. Lo que no quiero que me hagan a mí, no se lo deseo a nadie.

Cineasta con siete largometrajes, casi una veintena de cortos e incontables participaciones en proyectos ajenos o/y colectivos a mis espaldas. Pintor que gusta en darse baños de color. Y escritor que preferiría ser ágrafo. Estoy preparándome para huir al margen del Estado, fuera del sistema. Me explico en "Dulce Leviatán": https://vimeo.com/user38204696/videos

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