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Quiero presenciar la desaparición de Sánchez Dragó, eugenista

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Sólo hay una cosa que me parezca más aberrante y equivocada que la visión distópica, y es uno de sus derivados: el discurso eugenista. Cuya raíz, tallo y espinas –sin hojas, flores ni frutos- van de Adam Smith y Thomas R. Malthus a, como mínimo, Dragó: el aumento de la población en progresión geométrica mientras que los alimentos aumentan en progresión aritmétrica conduciría a una lucha por la existencia. O, en palabras del escritor español: Si no ponemos freno al crecimiento demográfico, el mundo creado por el hombre desaparecerá. Es duro decirlo, pero,  para que la especie sobreviva, dos de cada tres hombres tienen que desaparecer. Mal. La lucha por la vida es la peor de las visiones distópicas de la humanidad. La verdadera utopía ha de restaurar el paradigma original del habitat humano que, en tiempo de crianza, es el pecho materno y paterno, donde no es necesario alimentar a la criatura humana sana ya que esta lo hace por sí misma, produciéndose además la simbiosis libidinal en la que, a través del amamantamiento, por la unión de cuerpos madre-criatura, fluye la información necesaria para equilibrar los niveles nutricionales en el suero de la leche; así como ajustar la temperatura de ambos cuerpos para el correcto funcionamiento de los órganos. El habitat humano es donde más allá de la crianza debe fomentarse el tacto piel con piel, el apego, la empatía y el cariño. Principales potenciales naturales. Y nunca la domesticación ni la supuesta selección natural o la preservación de razas favorecidas. La justicia es levantar a los caídos y nunca castigar a los débiles. Nada se ha ganado con la palabra culpabilidad.

La revolución no surge ni de los acomodados, ni de los Científicos del Régimen; ni del darwinismo: forma de ver la vida que, mediante una justificación “científica”, favorece la situación económica capitalista. Porque ni las civilizaciones ni las clases elevadas son la culminación de la evolución; ni muchísimo menos por características innatas, ya que cada vez están más demostrados como de mayor importancia los componentes reactivos, incluso en los mecanismos de supervivencia. Y para nada sobra gente en el mundo de menor calidad que haya que quitar o esterilizar. ¡Qué gilipollez! A la eugenesia Attenborough, Cousteau, la familia Rockefeller y Turner III, fundador de la CNN, que, como Dragó, dicen que sobra casi toda la población para que el mundo pueda vivir (al nivel que ellos lo hacen, claro). Pero. La realidad no es que haya escasez de alimentos para alimentar a toda la población. Lo que pasa es que están mal repartidos. La concepción de la supervivencia del más apto es fascista, y, sobre todo, tan peligrosa como dañina y excluyente. 

EMPECEMOS POR EL PRINCIPIO…

Mas, empecemos por el principio. Como dice Máximo Sandín, la evolución por Selección Natural no es factible porque hay una cosa evidente: si la evolución fuese a través de pequeños cambios graduales y diminutos como dice el darwinismo, en los restos fósiles se habrían encontrado muchísimos más ejemplares intermedios que ejemplares finales. Es pura lógica. Y lo que se encuentran son cambios bruscos de organización, o períodos paleontológicos, asociados a agresiones ambientales muy fuertes, seguidas de grandes extinciones, como pueden ser las periódicas caídas de meteoritos sobre la Tierra, o las inversiones de los polos magnéticos terrestres. Por ejemplo, en el Pérmico se extinguieron hasta el 90% de las especies. Sabemos que las catástrofes ambientales producen estrés genómico que puede producir cambios genéticos muy bruscos, es decir, remodelaciones del genoma. Así, cada cambio de nomenclatura para los grandes períodos geológicos se daban debido a que encontraban diferentes faunas en los estratos en los que estaban los fósiles: eran faunas diferentes. Y esto, en vez de evolucionismo, es lo que podríamos llamar transformismo.

En segundo lugar, los genes ni son egoístas ni compiten entre ellos. Ya sabíamos que una molécula de ADN es inerte. Los genomas tienen una gran cantidad de ADN, que son secuencias repetidas, y que, sin ser codificantes de proteínas, son muy necesarias: en la composición del genoma humano hay un total de 13 genes codificantes de proteínas, es decir, un 1’5% de los genes. Donde cabe explicar que un gen es una suma de secuencias génicas que se agrupan para cada momento concreto en función del ambiente. Y, ocurre que, según se profundiza en la investigación de la genética molecular, cada vez es más difícil saber qué es un gen. De hecho, podríamos decir que no hay un gen. Lo que hay son secuencias fragmentarias de ADN (una serie de nucleótidos empalmados que contienen información genética) que se combinan en cada momento en función de las necesidades concretas del organismo. Las enfermedades, por ejemplo, están en el ambiente y alteran los genes. Siendo no la causa sino la consecuencia.

En tercer lugar, los virus no son patógenos. Estamos rodeados de ellos y en condiciones naturales convivimos en armonía. El 80% de los genes que se están encontrando en los virus que hay en la tierra y en el mar no tienen ningún parecido con los de los organismos vivos conocidos. Quizá tengan una función actual; y puede que también estén esperando su oportunidad para el futuro (tras alguna catástrofe que provoque un estrés reorganizativo). El 10% de los genes humanos son virus endógenos. Luego hay fragmentos de virus dispersos por el genoma; origen de las secuencias repetidas, intrones, que son elementos móviles con la capacidad de, por ejemplo, generar los genomas cuando el ambiente produce un estrés.

Con esto, la evolución se ha producido de la forma que revela el registro fósil: de períodos de estasis o de poco cambio en la morfología del organismo, a extinciones y apariciones de morfologías nuevas. Por lo que la evolución debería ser llamada transformación, porque no ha sido gradual sino repentina, y no en un ejemplar sino en muchos, para que puedan reproducirse. Y qué sabemos: que cuando hay una agresión ambiental, los genomas saltan de sitio o se duplican; y van a sitios concretos. Por lo tanto, el paso de una estirpe a otra podría ser perfectamente repentino. La biología y la vida son muy complejas porque todo está relacionado. Por ello lo más importante es vivir en armonía con la naturaleza y entenderla; nunca manipularla. La manipulación es muy peligrosa. La naturaleza es armonía: no hay enemigos. Y la vida es la integración de diversos fenómenos en armonía. Si se desequilibra, la forma de recuperar el equilibrio podría ser una gran crisis. Porque toda naturaleza controlada es perturbada, y su ley es que no la incordiemos. 

ENTENDER LA EUGENESIA…

Ahora intentemos lo imposible: entender la eugenesia. Porque la simpatía y comprensión humanas son pre-requisito al amor y la solidaridad. No obstante, y parafraseando a Alice Miller, la generosidad y la tolerancia no pueden alcanzarse con ayuda del conocimiento intelectual. Porque el intelecto no llega hasta el ámbito de las emociones. Y si no revivimos y elaboramos conscientemente el desprecio que nos demostraron en nuestra propia niñez, volveremos a transmitirlo: el simple conocimiento intelectual no nos protege cuando amenazan nuestros mecanismos de defensa. Con todo, algo muy distinto ocurre con los niños: no tienen prehistoria en su camino y su tolerancia frente a los padres no conoce límites. Como dijo Lloyd de Mause en 1974, cualquier crueldad mental –consciente o inconsciente- de los padres quedará, gracias al amor del niño, a salvo de ser descubierta.

La educación es una forma de crueldad espiritual iniciada en la lactancia, en la unión simbiótica; condicionamiento temprano garantía de que el verdadero estado de cosas no pueda ser descubierto por el niño. Su dependencia del amor de sus padres le imposibilitará reconocer, más tarde, los traumas que permanecerán toda la vida ocultos tras las idealizaciones “infantiles” de las figuras paterna y materna. Y todo niño necesita compañía de un ser humano empático no dominante. Porque si el niño no articula la rabia y el dolor de la educación, enmudece: de ahí el término “infancia”, del latín “in-fans”, sin voz. En este caso también sin voz propia. El mutismo, de hecho, es la eficacia pedagógica o de dominación-domesticación. Y la neurosis es la represión. Donde los padres (bien intencionados) son el medio de represión. Ya que luchan por recuperar en su hijo el poder que ellos perdieron frente a sus propios progenitores. Mas, todavía, la educación es humillante porque al niño se le está prohibido defenderse, y a cambio debe mostrar gratitud y respeto hacia sus padres. Mientras que, como se ha estudiado, cuanto más refinada sea la educación, mayores suelen ser los efectos devastadores sobre la vida posterior. Entre otras cosas, porque el niño no puede tener sentimientos de indignación o de rabia ante la manipulación engañosa, ya que no se da cuenta de ella. Sólo puede surgir en él sentimientos de temor, vergüenza, inseguridad y desamparo que olvidará en cuanto él también haya encontrado su propia víctima.

La instauración consciente de la humillación, que satisface las necesidades del educador, destruye la autoconciencia del niño. Y, por razones de supervivencia, sólo quedará en su memoria la amabilidad del adulto o adulterado, unida a un sentimiento de sumisión muy fiable. Tanto como para que el sistema no se venga abajo en una sola generación. Luego, como decíamos, los efectos de esta lucha contra los sentimientos son tan funestos porque se inician ya en el período de lactancia, es decir, antes de que el Yo del niño haya podido desarrollarse. Así pues, el niño ha de aprender desde un comienzo a negarse a sí mismo, a aniquilar tan pronto como sea posible todo cuanto en él no resulte “grato a Dios”; como la impetuosidad, esa original fuente de energía y fundamento vital sin la cual los sentimientos verdaderos y amistosos no pueden mejorar. Porque la disciplina deseca: el amor al prójimo basado en el deber y la obediencia es una mentira. Pero, al igual que en la política, la pedagogía como la victoria definitiva es presentada como la “solución afortunada” del conflicto. Donde para cosechar la gratitud, es preciso empezar muy temprano con los condicionamientos: la distracción cariñosa combate el vitalismo. Ante esto, entre los métodos preferidos y de aplicación a menudo inconsciente figuran la mirada y el tono de voz; que al niño no se le ocurre surja de las profundidades del adulto sino de sí. Es la omnipotencia del Génesis. Con el peligro de perder el amor por desobediencia. Por lo que se llama mediante la obediencia a las puertas del amor, cumpliendo requisitos para que un ciudadano pueda vivir bajo una dictadura sin sufrir, e incluso logre identificarse eufóricamente con ella. Mas la capacidad de no rechazar lo percibido no depende en absoluto de la inteligencia, sino del grado de acceso al verdadero Yo. Y, por el contrario, la inteligencia puede ayudar a crear infinidad de rodeos cuando la adaptación se toma necesaria. Así, Martin Heidegger, con una extraordinaria sagacidad para criticar ideologías opuestas pero con una trágica prolongación de su temprana dependencia (inadvertida) a sus padres tiránicos, no captó las contradicciones de la ideología hitleriana, respondiendo con una fascinación y una fidelidad infantiles que no admitían tipo alguno de críticas. 

Como dijo el cómico Bill Hicks, si yo fuese Jesucristo, no querría volver a ver un crucifijo en lo que me queda de vida. Con embargo, combatir el instinto sexual con imágenes de cadáveres crucificados ha servido como un medio legítimo para proteger la “inocencia”; siendo base para el desarrollo de futuras perversiones. Aparte, la ropa con un uso contrario al de abrigarse, también cumple esta función, cultivando sistemáticamente el asco ante el propio cuerpo. Por tanto, el síndrome neurótico no es causado por un acontecimiento exterior, sino que es causado por la represión de los innumerables elementos que configuran la vida cotidiana del niño y que éste nunca será capaz de describir, simplemente porque ignora que puede haber otra cosa.

La ira no vivida, por haber sido prohibida, no se desvanece, sino que con el tiempo se va transformando en un odio más o menos consciente contra el propio Yo o contra personas sustitutivas, un odio que para descargarse busca diversas vías, ya permitidas y convenientes para el adulto, como el discurso eugenista; que, por su incapacidad de empatizar, tiene necesidad de pervertir la verdad para reprimir los sufrimientos de la propia niñez, lo cual es lo que genera la falta de empatía. Pero es que un entorno empático es rarísimo, ya que se ignora lo mucho que puede sufrir un niño. Y es imposible decir la verdad sin herir a nadie. Por ello se recibe con rechazo intelectual la postura antipedagógica. Sin embargo, un ser humano capaz de comprender e integrar su ira como parte de sí mismo, no será violento. Sólo tendrá necesidad de ser eugenista precisamente cuando no pueda comprender su ira: el niño pequeño y vivo fue sacrificado otrora en aras del gran proyecto educativo y de altos valores, con la sensación de haber realizado una obra buena. Así, cuando una mujer piensa que, por ejemplo, un hombre podría abandonarla, no está viviendo su situación actual, sino los temores de ser abandonada que la asaltaban en su primera niñez, cuando de hecho dependía del padre. Luego, a la confrontación con este descubrimiento debe su liberación y su evolución, finalmente posible, hacia la autonomía.

Bajo dependencia no hay escapatoria posible. El niño no puede evadirse y el ciudadano tampoco puede liberarse. La única válvula de escape que le queda es la educación de sus hijos, a fin de sentir en algún sitio restos de su propio poder. Mas, allí donde los sentimientos son admitidos, el muro del silencio se derrumba y nada puede detener ya la irrupción de la verdad. 

Un individuo puede sentirse moralmente tranquilo, liberado de las emociones “malas”, si todo cuanto temía en sí mismo desde su niñez puede ser atribuido al crecimiento demográfico. Porque una persona sensible no puede convertirse en eugenista de la noche a la mañana. Desde pequeño habría sido educado para no sentir emociones propias, sino para vivir los deseos de sus padres como algo propio. Como los mensajes autoritarios, como el discurso eugenista, siempre tienen razón, sus receptores no tienen que romperse la cabeza preguntándose si lo que exigen es justo. Y cualquier intento de crítica se convierte en un elemento amenazador. Quedando a merced de la autoridad. Adaptándose fácilmente a nuevas convicciones que contradicen su propio nacimiento, sin que su actitud les choque. Yo sí puedo reconocer que preferiría no haber nacido, pero porque mis padres siempre se han querido de una manera muy dañina; a mí me pegaban incluso palizas; y lo único que me ha salvado han sido los desórdenes en lo que lamentablemente he de llamar educación. Pero nunca sería eugenista, aunque sí critico que las gentes puedan traer vida a un mundo que no les gusta haciendo nada por mejorarlo; sino, por el contrario, sobrecargándolo de “nuevos” subditos-ciudadanos. Con esto quiero decir que no nos cortemos en traer nuevas vidas al mundo si es como anhelo de extensión de la naturaleza, de la armonía. Y que sí nos paremos a pensar mejor si verdaderamente confiamos en la libertad o, desgraciadamente y en vez de traer Vida al mundo, lo que queremos es tener hijos para educarlos como han hecho con nosotros.

La moral y el cumplimiento del deber, que no son fuentes de energía ni terreno abonado para el surgimiento de una afectividad genuinamente humana, son prótesis que se hacen necesarias cuando falta la honestidad y la capacidad de amar. Cuanto más amplia sea la carencia de sentimientos durante la niñez (por ejemplo, a causa de la escolarización), mayor tendrá que ser el arsenal de armas intelectuales y la despensa de prótesis morales. 

La eugenesia, como toda ideología, ofrece la posibilidad de descargar colectivamente los sentimientos reprimidos conservando a la vez el objeto primario idealizado, que se transfiere a nuevas figuras autoritarias o al grupo entero como sustituto de la simbiosis –ya perdida- con la propia madre.

Desde Darwin y su primo Sir Francis Galton, la eugenesia como la idealización del grupo de las clases elevadas anglosajones con catexis narcisista garantiza el delirio de grandeza colectivo. Así de subido, Galton escribe en ‘El genio hereditario’ que los hijos de grandes hombres suelen ser también grandes hombres. Es por ello que se cruzaban sólo entre personas “elevadas”, llegando, como Darwin, a casarse con sus primas. Y su hijo, Sir Horace Darwin, segundo presidente de la sociedad eugenística, fue quien introdujo la eugenesia negativa, que prohibía reproducirse a quienes consideraba imperfectos. Ante este panorama, cabe destacar que todas estas figuras, como las prominentes del Tercer Reich, tuvieron una educación disciplinada. De hecho, el ‘Mein Kampf’ de Adolf Hitler está basado en ‘El origen del hombre’ de Darwin, con párrafos prácticamente idénticos. Aquel niño débil y despreciado desde siempre que fue Hitler, escindido, que pertenece al Yo pero que jamás pudo vivir realmente en él, podrá ser nuevamente despreciado y combatido, pero desviando el odio acumulado a los judíos volviendo así a asesinar al niño que lleva dentro.

Lo que caracteriza las persecuciones es la presencia de un ámbito narcisista. En ellas se combate una parte del Yo, y no un enemigo peligroso. Por ejemplo, muchos padres persiguen en sus hijos aquello que en su fuero interno les da miedo. Así, la convicción pedagógica de que desde un comienzo hay que orientar al niño en una dirección determinada surge de la necesidad de escindir las partes inquietantes del propio Yo y proyectarlas sobre un objeto disponible. La enorme plasticidad, flexibilidad, desamparo y disponibilidad del niño lo convierten en el objeto ideal de semejante proyección. El enemigo interior podrá al fin ser perseguido fuera. 

Cuando un ser humano educado llega a ser él mismo padre, ha de verse confrontado con una serie de hechos capaces de hacer tambalear ese edificio tan laboriosamente construido: verá ante sí a un niño lleno de vida, verá como es realmente un ser humano y cómo hubiera podido ser él mismo si no se lo hubiesen impedido. Pero entonces entran ya en juego otros miedos: aquello que no puede ser. Dejar que el niño viva tal como es, supone reconocer que sus propios sacrificios y autonegaciones han sido todos innecesarios.

¿Será posible que un niño pueda crecer sin la obligación de obedecer, sin que su voluntad sea quebrantada, sin que combatamos su egoísmo como nos vienen aconsejando hace siglos? Los padres no pueden permitirse pensar tales cosas, de lo contrario caerían en una necesidad extrema y perderían el terreno en el que se apoyan, el de la ideología heredada, en la que el control de la espontaneidad vital representa el valor supremo. 

ANTIPEDAGOGÍA, POR FAVOR.

Mi postura antipedagógica no se dirige contra una forma particular de educación, sino contra la educación en general, incluida la antiautoritaria. No logro descubrir significado positivo alguno en la palabra educación. La palabra “educación” encierra la idea de una serie de objetivos que el educando debe lograr, con lo cual se está ya perjudicando su posibilidad de desarrollo. La renuncia honesta a cualquier forma de control y a la imposición de estos objetivos no supone abandonar al niño a sus propios impulsos, pues éste necesita compañía.

La pedagogía de Rousseau es manipuladora en el sentido más profundo del término. La propia libertad –y no consideraciones de orden pedagógico- es lo que pone fronteras naturales al niño. Que es capaz de vivir sus sentimientos mucho más intensamente y con más sinceridad. Por lo que podemos aprender más sobre las leyes de la vida de cada hijo nuevo que de nuestros propios padres. Con embargo, en la guerra de exterminio contra el propio Yo de la pubertad, los sentimientos de intensidad desconocida en las drogas hacen ver más claramente la insipidez y el vacío de la vida emocional habitual; poniéndonos en contacto con un Yo verdadero del que ya no podremos negar su existencia. Pero los sentimientos reprimidos no se pueden eliminar de la faz de la tierra. De ahí que deban ser desviados hacia objetos sustitutivos a fin de respetar al padre. Y quien menos puede aspirar al ideal de tranquilidad absoluta (cool: apático) es un joven. Precisamente en esta etapa el ser humano vive con la máxima intensidad sus sentimientos. La manipulación de los padres se convierte luego en la manipulación por las drogas de los propios sentimientos. Los jóvenes que en su niñez no pueden aprender a familiarizarse con sus sentimientos verdaderos, lo tienen particularmente difícil en la pubertad. La dependencia a la droga es la dependencia al padre/madre.

La Ley suprema de este sistema policial estipula: todos los medios son buenos para que seas tal y como te necesitamos, y solamente así podremos quererte. Mas, si se consigue no manipular ni abusar del niño para atender a las propias necesidades, es decir no minar su equilibrio vegetativo, el niño sabrá encontrar en su cuerpo la mejor protección contra exigencias inapropiadas. Si además consiguen brindar a su hijo el mismo respeto y tolerancia que siempre brindaron a sus propios padres, le estarán ofreciendo las bases de su autoestima y de su libertad para desarrollar capacidades innatas. 

Las fuerzas de seguridad del Estado asumen el papel de opresores de los oprimidos. Los oprimidos son los niños. Porque en cuanto aparecen seres más débiles y desamparados, uno ya no es el último esclavo. O, como dijo Hitler: si los judíos no existiesen, habría que inventarlos. Se odia a los judíos porque la gente lleva en su interior un odio no permitido que está ansiosa por legitimar. Y como los judíos hace dos mil años que son perseguidos, nadie ha tenido que avergonzarse de odiarlos.

Si decimos: “mi madre me quería mucho”, puede haber condescendencia. Y, si decimos: “amaba la vida”, atención y respeto. La situación real del niño durante el nacimiento queda como trauma en todo ser humano y se halla por tanto sometido a la compulsión a la repetición. Una declaración eugenista es un intento por liberarse de una amenaza, restricción o humillación imaginarias. Pero en el deseo de eugenesia no se revive el trauma del nacimiento, sino otras experiencias. Hasta el nacimiento más difícil es un trauma único y concluido. Pero para con la educación nadie está dispuesto a ayudarnos porque no ven ese infierno como tal, por lo que, para olvidarlo, tenemos que reprimirnos. Son precisamente estas vivencias no superadas las que tienen que expresarse en la compulsión a la repetición. El ex niño se aferra a la eugenesia como oportunidad de poder ser finalmente activo y no tener que seguir callando. Con la compulsión a la repetición se intentará anular el pasado y hacer desaparecer la trágica pasividad de otros tiempos con ayuda de la actividad presente. Lo que es irrealizable porque el pasado no es modificable. 

Fernando Sánchez Dragó personifica al padre que sabe exactamente lo que es verdadero o falso y que, además, puede ofrecernos una válvula de escape para el odio que tenemos acumulado desde la niñez. Esta combinación aseguró a Dragó su ascendencia entre hombres y mujeres. Dragó no los enfrentó a cuestionamientos ni a crisis interiores, puso un instrumento universal que les permitió vivir ese odio reprimido. ¿Cómo no premiar semejante oportunidad?

El crecimiento demográfico pasó a ser culpable de todo, y los padres pudieron seguir siendo honrados e idealizados. Podía proyectar en los faltos de recursos –seres débiles y desamparados- a ese niño “malo” y débil que había aprendido a despreciar siempre en sí mismo, y vivirse a sí mismo como una persona fuerte, pura y buena. Dragó escenificó su maltrato en la figura de quienes sufren de escasez, al niño indefenso que él mismo había sido. Mas, cuando despreciamos o rebajamos, lo que de verdad nos interesa es destruir la propia impotencia de antaño y evitar vivir el duelo. E incluso podríamos partir de la premisa de que su madre, inconscientemente, le “encomendó” la tarea de rescatarla. Donde el mal reparto de los alimentos vienen a ser un símbolo de la madre. Y la lucha por liberar al propio Yo –del que el crecimiento demográfico es aquí un símbolo- de los carriles de una humillación infinita. Rescatar a su madre también supone para un niño luchar por su propia existencia. Pero la eugenesia o la lucha por la vida no solucionan nada. Y si Dragó decide desaparecer como consecuencia y por coherencia a su reflexión de que dos de cada tres tenemos que hacerlo, yo quiero presenciarlo.

Cineasta con siete largometrajes, casi una veintena de cortos e incontables participaciones en proyectos ajenos o/y colectivos a mis espaldas. Pintor que gusta en darse baños de color. Y escritor que preferiría ser ágrafo. Estoy preparándome para huir al margen del Estado, fuera del sistema. Me explico en "Dulce Leviatán": https://vimeo.com/user38204696/videos

1 comentario

  1. Joaquín

    6 marzo, 2014 at 20:03

    Leopoldo María Panero, estamos contigo.
    (Porque)
    A los “locos” siempre se nos toma por gilipollas. Porque en cuanto aparecen seres más débiles y desamparados, uno ya no es el último esclavo. Y lo que pudre el mundo es no combatir el propio Yo a través del narcisismo; sintiendo que los que sobramos somos nosotros mismos y no los demás, lo que nos llevaría a movernos por cierta vergüenza en vez de quedar estancados en la realidad del reflejo.

    Amen. (Sin tílde). Y descansemos en paz.

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