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Terroristas de pensamiento, palabra, obra u omisión, veniales y mortales

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Tras lo ocurrido en Barcelona y Cambrils no paro de leer comentarios pidiendo levantar muros en las fronteras y hasta demandando la expulsión de los musulmanes, ese colectivo homogéneamente radicalizado. A los millones de refugiados tratando de huir de la guerra con todo su patrimonio concentrado en una mochila junto a los allegados que les quedan con vida hacinados en lo que podríamos calificar como campos de concentración -una suerte para los que hayan conseguido llegar hasta ellos-, perdiendo lo poco que les queda de dignidad cuando no sus vidas, a diario, a esos que les den por el culo. Como si eso, además, fuera a servir para evitar que vuelva a producirse aquí, en este país corresponsable de lo que está sucediendo por distintos motivos, ese 0,1% de lo que ocurre en Mesudalapolla y que aparece durante unos segundos en la tele mientras se espera a que comience Más vale tarde o First dates, pues hay cientos de miles de inmigrantes en situación regular a los que habría que sumar los que pudieran llegar circulando libremente a través de todo el espacio Schengen.

Es una tragedia lo que acaba de tener lugar, a manos de unos asesinos, pero me repugna contemplar la ignorancia, fruto de la simpleza y la desgana, respecto a todo aquello que no responda al más inmediato interés propio, esa ignorancia que, como siempre sucede con ella, es la que más ruido provoca y que, en tono categorizante, sienta cátedra sobre un asunto que requiere un análisis desde una perspectiva global que comprende un problema tremendamente complejo que lleva décadas gestándose.

Sin duda alguna, Occidente ha sido en buena medida causante y continuo impulsor del conflicto, constituyendo el éxodo masivo de gran parte de la población y los atentados de ayer dos de las numerosas consecuencias derivadas de ello. Lo primero, el mayor flujo de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial, provoca una completa indiferencia, lo segundo, los dos de entre los más de dos mil quinientos atentados yihadistas producidos por todo el mundo en lo que va de siglo, dejando por encima de setenta mil muertos, una terrible consternación. De la misma manera que algo así es completamente comprensible, también lo sería que hubieran suscitado una reflexión que condujera a un replanteamiento de unas posturas que, lamentablemente, no han hecho más que reafirmarse y recrudecerse. Sufrir un gran impacto emocional es una buena premisa para la búsqueda de los porqués de aquello que lo ha provocado.

De esta forma, lo que estamos viendo ahora, en un tono más o menos agresivo, planteando escenarios más o menos polarizados en los que subyace la misma esencia, no es más que una muestra de lo que acontece marcado exactamente por el mismo patrón en todo tipo de cuestiones y a todos los niveles, de manera transversal desde las más altas instancias supranacionales hasta la barra del bar. Desde lo más relevante hasta lo más banal. El maldito propio interés, del que emanan otros tipos de comportamientos tanto o más nauseabundos, es la gran lacra planetaria que llevamos todos encima en mayor o menor medida, el único combustible inagotable del motor de nuestras vidas. No ser misántropo no es una opción más que para los desinformados, los indolentes y los utópicos. No serlo supone no experimentar desazón y rabia por el fracaso de las expectativas depositadas en el gigantesco potencial del ser humano para lo que la historia ha demostrado que ha quedado relegado a lo minoritario, lo excepcional, en todos los sentidos del término.

Licenciado en Derecho-económico por Deusto. Cosecha del 77. Blogger y misántropo con causa en condicionhumanablog.blogspot.com.es.

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